lunes, 7 de septiembre de 2015

PERO CUANDO LLEGO LA 17ª NOCHE





       Ella dijo:
       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la joven Zobeida no dejó de instar al mancebo, y de inspirarle el deseo de seguirla, hasta que éste consintió.
       Y ambos no cesaron de conversar, hasta que el sueño cayó sobre ellos. Y la joven Zobeida se acostó entonces y durmió a los pies del príncipe. ¡Y sentía una alegría y una felicidad inmensas!
       Después Zobeida prosiguió de este modo su relato ante el califa Harún Al-Raschid, Gaifar y los tres saalik:
       "Cuando brilló la mañana nos levantamos, y fuimos a revisar los tesoros, cogiendo los de menos peso, que podían llevarse más fácilmente y tenían más valor. Salimos de la ciudadela y descendimos hacia la ciudad, donde encontramos al capitán y a mis esclavos, que me buscaban desde el día antes. Y se regocijaron mucho al verme, preguntándome el motivo de mi ausencia. Entonces les conté lo que había visto, la historia del joven, y la causa de la metamorfosis de los habitantes de la ciudad, con todos sus detalles. Y mi relato los sorprendió mucho.
       En cuanto a mis hermanas, apenas me vieron en compañía de aquel joven tan hermoso, envidiaron mi suerte, y llenas de celos, maquinaron secretamente la perfidia contra mí.
       Regresamos al barco, y yo era muy feliz, pues mi dicha la aumentaba el cariño del príncipe.   Esperamos a que nos fuera propicio el viento, desplegamos las velas y partimos. Y mis hermanas me dijeron un día: "¡Oh hermana! ¿qué te propones con tu amor por ese joven tan hermoso?" Y les contesté: "Mi propósito es que nos casemos". Y acercándome a él le declaré: "¡Oh dueño mío! mi deseo es convertirme en cosa tuya. Te ruego que no me rechaces". Y entonces me respondió: "Escucho y obedezco". Al oírlo, me volví hacia mis hermanas y les dije: "No quiero más bienes que a este hombre. Desde ahora todas mis riquezas pasan a ser de vuestra propiedad". Y me contestaron: "Tu voluntad es nuestro gusto".
       Pero se reservaban la traición y el daño.
       Continuamos bogando con viento favorable, y salimos del mar del Terror, entrando en el de la Seguridad. Aun navegamos por él algunos días, hasta llegar cerca de la ciudad de Bassra, cuyos edificios se divisaban a lo lejos. Pero nos sorprendió la noche, hubimos de parar la nave y no tardamos en dormirnos.
       Durante nuestro sueño se levantaron mis hermanas, y cogiéndonos a mí y al joven, nos echaron al agua. Y el mancebo, como no sabía nadar, se ahogó, pues estaba escrito por Alah que figuraría en el número de los mártires. En cuanto a mí, estaba escrito que me salvaría, pues en cuanto caí al agua, Alah me benefició con un madero, en el cual cabalgué, y con el cual me arrastró el oleaje hasta la playa de una isla próxima. Puse a secar mis vestiduras, pasé allí la noche, y no bien amaneció, eché a andar en busca de un camino. Y encontré un camino en el cual había huellas de pasos de seres humanos, hijos de Adán. Este camino comenzaba en la playa y se internaba en la isla. Entonces, después de ponerme los vestidos ya secos, lo seguí hasta llegar a la orilla opuesta, desde la que se veía en lontananza la ciudad de Bassra. Y de pronto advertí una culebra que corría hacia mí, y en pos de ella otra serpiente gorda y grande que quería matarla. Estaba la culebra tan rendida, que la lengua le colgaba fuera de la boca. Compadecida de ella, tiré una piedra enorme a la cabeza de la serpiente, y la dejé sin vida. Mas de improviso, la culebra desplegó dos alas, y volando, desapareció por los aires. Y yo llegué al límite del asombro.
       Pero como estaba muy cansada, me tendí en aquel mismo sitio, y dormí aproximadamente una hora. Y he aquí que al despertar vi sentada a mis plantas a una negra joven y hermosa, que me estaba acariciando los pies. Entonces, llena de vergüenza, hube de apartarlos en seguida, pues ignoraba lo que la negra pretendía de mí. Y le pregunté: ¿Quién eres y qué quieres?" Y me contestó: "Me he apresurado a venir a  tu lado, porque me has hecho un gran favor matando a mi enemigo. Soy la culebra a quien libraste de la serpiente. Yo soy una efrita.
       Aquella serpiente era un efrit enemigo mío, que deseaba violarme y matarme. Y tú me has librado de sus manos. Por eso, en cuanto estuve libre, volé con el viento y me dirigí hacia la nave de la cual te arrojaron tus hermanas. Las he encantado en forma de perras negras, y te las he traído". Entonces vi las dos perras atadas a un árbol detrás de mí. Luego la efrita prosiguió: "En seguida llevé a tu casa de Bagdad todas las riquezas que había en la nave, y después que las hube dejado, eché la nave a pique.   En cuanto al joven que se ahogó, nada puedo hacer contra la muerte. ¡Porque Alah es el único Resucitador!"
       Dicho esto, me cogió en brazos, desató a mis hermanas, las cogió también, y volando nos transportó a las tres, sanas y salvas, a la azotea de mi casa de Bagdad, o sea aquí mismo.
       Y encontré perfectamente instaladas todas las riquezas y todas las cosas que había en la nave. Y nada se había perdido ni estropeado. Después me dijo la efrita: "¡Por la inscripción santa del sello de Soleimán, te conjuro a que todos los días pegues a cada perra trescientos latigazos! Y si un solo día se te olvida cumplir esta orden, te convertiré también en perra".
       Y yo tuve que contestarle: "Escucho y obedezco".
       Y desde entonces, ¡oh Príncipe de los Creyentes! las empecé a azotar, para besarlas después llena de dolor por tener que castigarlas. ¡Y tal es mi historia! Pero he aquí, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que mi hermana Amina te va a contar la suya, que es aún más sorprendente que la mía".
       Ante este relato, el califa Harún Al-Raschid llegó hasta el límite más extremo del asombro. Pero quiso satisfacer del todo su curiosidad, y por eso se volvió hacia Amina, que era quien le había abierto la puerta la noche anterior, y le dijo: "Sepamos, ¡oh lindísima joven! cuál es la causa de esos golpes con que lastimaron tu cuerpo".



                                              HISTORIA DE AMINA, LA
                                              SEGUNDA JOVEN



       Al oír estas palabras del califa la joven Amina avanzó un paso, y llena de timidez ante las miradas impacientes, dijo así:
       "¡Oh Emir de los Creyentes! No te repetiré las palabras de Zobeida acerca de nuestros padres. Sabe, pues, que cuando nuestro padre murió, yo y Fahima, la hermana más pequeña de las cinco, nos fuimos a vivir solas con nuestra madre, mientras mi hermana Zobeida y las otras dos marcharon con la suya.
Poco después mi madre me casó con un anciano, que era el más rico de la ciudad y de su tiempo. Al año siguiente murió en la paz de Alah mi viejo esposo, dejándome como parte legal de herencia,
según ordena nuestro código oficial, ochenta mil dinares en oro.
       Me apresuré a comprarme con ellos diez magníficos vestidos, cada uno de mil dinares. Y -no hube de carecer absolutamente de nada. Un día entre los días, hallándome cómodamente sentada, vino a visitarme una vieja. Nunca la había visto. Esta vieja era horrible: su cara era más fea que el trasero de un viejo; tenía la nariz aplastada, peladas las cejas, los dientes rotos, el pescuezo torcido, y le goteaba la nariz.
       Bien la describió el poeta:
    
       ¡Vieja de mal agüero! ¡Si la viese Eblis le enseñaría todos los fraudes sin tener que hablar, pues bastaría con el silencio únicamente! ¡Podría desenredar a mil mulos que se hubieran enredado en una telaraña, y no rompería la tela!

       ¡Sabe echar sortilegios y cometer todos los horrores: le ha hecho cosquillas en el ano a una niña; cohabitó con una adolescente; ha fornicado con una mujer madura, y excitó hasta lo increíble a una anciana!

       La vieja me saludó y me dijo: "¡Oh señora llena de gracias y cualidades! Tengo en mi casa a una joven huérfana que se casa esta noche. Y vengo a rogarte -¡Alah otorgará la recompensa a tu bondad!- que te dignes honrarnos asistiendo a la boda de esta pobre doncella tan afligida y tan humilde, que no conoce a nadie en esta ciudad y sólo cuenta con la protección del Altísimo". Y después la vieja se echó a llorar y comenzó a besarme los pies. Yo, que no conocía su perfidia, sentí lástima de ella, y le dije: "Escucho y obedezco". Entonces dijo: "Ahora me ausento, con tu venia, y entretanto vístete, pues al anochecer volveré a buscarte". Y besándome la mano, se marchó.
       Fui entonces al hammam, y me perfumé; después elegí el más hermoso de mis diez trajes nuevos, me adorné con mi hermoso collar de perlas, mis brazaletes, mis ajorcas y todas mis joyas, y me puse un gran velo azul de seda y oro, el cinturón de brocado y el velillo para la cara, luego de prolongarme los ojos con kohl. Y he aquí que volvió la vieja y me dijo: "¡Oh señora mía! ya está la casa llena de damas, parientes del esposo, que son las más linajudas de la ciudad. Les avisé de tu segura llegada, se alegraron mucho, y te esperan con impaciencia". Llevé conmigo algunas de mis esclavas, y salimos todas, andando hasta llegar a una calle ancha y bien regada, en la que soplaba fresca brisa. Y vimos un gran pórtico de mármol con una cúpula monumental de mármol y sostenida por arcadas. Y desde aquel pórtico vimos el interior de un palacio tan alto, que parecía tocar las nubes. Penetramos, y llegados a la puerta, la vieja llamó y nos abrieron. Y a la entrada encontramos un corredor revestido de tapices y colgantes. Colgaban del artesonado lámparas de colores encendidas, y en las paredes había candelabros encendidos también y objetos de oro y plata, joyas y armas de metales preciosos.    Atravesamos este corredor, y llegamos a una sala tan maravillosa, que sería inútil describirla.
       En medio de la sala, que estaba tapizada con sedas, aparecía un lecho de mármol incrustado de perlas y cubierto con un mosquitero de raso.
       Entonces vimos salir del lecho una joven, tan bella como la luna. Y me dijo: "¡Marhaba! ¡Àhlan! ¡Ua sahlan! ¡Oh hermana mía, nos haces el mayor honor humano! ¡Anastina! (1). ¡Eres nuestro dulce consuelo, nuestro orgullo!"
Y para honrarme, recitó estos versos del poeta:

       ¡Si las piedras de la casa hubiesen sabido la visita del huésped tan encantador, se habrían alegrado en extremo, inclinándose ante la huella de tus pasos para anunciarse la buena nueva!

       ¡Y exclamarían en su lengua: "¡Ahlan! ¡Ua sahlan! ¡Honor a las personas adornadas de grandeza y de generosidad!"

       Luego se sentó, y me dijo: "¡Oh hermana mía! He de anunciarte que tengo un hermano que te vió cierto día en una boda. Y este joven es muy gentil y mucho más hermoso que yo. Y desde aquella noche te ama con todos los impulsos de un corazón enamorado y ardiente.


(1)Marhaba, ahlan, ua sahlan y anastina, son saludos de bienvenida, que no se pueden traducir literalmente. Vienen a significar: ¡Que nuestra acogida te sea cordial, amistosa, y fácil!
       Y él es quien ha dado dinero a la vieja para que fuese a tu casa y te trajese aquí con el pretexto que ha inventado. Y ha hecho todo esto para encontrarte en mi casa, pues mi hermano no tiene otro deseo que casarse contigo este año bendecido por Alah y por su Enviado. Y no debe avergonzarse de estas cosas, porque son licitas".
       Cuando oí tales palabras, y me vi conocida y estimada en aquella mansión, le dije a la joven: "Escucho y obedezco". Entonces, mostrando una gran alegría, dió varias palmadas. Y a esta señal, se abrió una puerta y entró un joven como la luna, según dijo el poeta:

       ¡Ha llegado a tal grado de hermosura, que se ha convertido en obra verdaderamente digna del Creador! ¡Una joya que es realmente la gloria del orfebre que hubo de cincelarla!

       ¡Ha llegado a la misma perfección de la belleza! ¡No te asombres si enloquece de amor a todos los humanos!

       ¡Su hermosura resplandece a la vista, por estar inscripta en sus facciones! ¡Juro que no hay nadie más bello que él!

       Al verle, se predispuso mi corazón en favor suyo. Entonces el joven avanzó y fué a sentarse junto a su hermana, y en seguida entró el kadí con cuatro testigos, que saludaron y se sentaron. Después el kadí escribió mi contrato de matrimonio con aquel joven, los testigos estamparon sus sellos y se fueron todos.
       Entonces el joven se me acercó, y me dijo: "¡Sea nuestra noche bendita!" Y luego añadió: "¡Oh señora mía! quisiera imponerte una condición". Yo le contesté: "Habla, dueño mío. ¿Qué condición es esa?" Entonces se incorporó, trajo el Libro Sagrado, y me dijo:; "Vas a jurar por el Corán que nunca elegirás a otro más que a mí, ni sentirás inclinación hacia otro". Y yo juré observar la condición aquella.   Al oírme mostróse muy contento, me echó al cuello los brazos, y sentí que su amor me penetraba en las entrañas y hasta el fondo de mi corazón.
       En seguida los esclavos pusieron la mesa, y comimos y bebimos hasta la saciedad. Y llegada la noche, me cogió y se tendió conmigo en el lecho. Y pasamos entrelazados la noche, uno en brazos de otro, hasta que fué de día.
       Vivimos durante un mes en la alegría y en la felicidad. Y al concluir este mes, pedí permiso a mi marido para ir al zoco y comprar algunas telas. Me concedió este permiso. Entonces me vestí y llevé conmigo a la vieja, que se había quedado en la casa, y nos fuimos al zoco. Me paré a la puerta de un joven mercader de sedas que la vieja me recomendó mucho por la buena calidad de sus géneros y a quien conocía de muy antiguo. Y añadió: "Es un muchacho que heredó mucho dinero y riquezas al morir su padre". Después, volviéndose hacia el mercader, le dijo: "Saca lo mejor y más caro que tengas en tejidos, que son para esta hermosa dama". Y dijo él: "Escucho y obedezco". Y la vieja, mientras el mercader desplegaba las telas seguía elogiándolo y haciéndome observar sus cualidades, y yo le dije: "Nada me importan sus cualidades ni los elogios que le diriges, pues no hemos venido más que a comprar lo que necesito, para volvernos luego a casa".
 Y cuando hubimos escogido la tela, ofrecimos al mercader el dinero de su importe. Pero éste se negó a coger el dinero y nos dijo:
       "Hoy no os cobraré dinero alguno; eso es un regalo por el placer y por el honor que recibo al veros en mi tienda". Entonces le dije a la vieja: "Si no quiere aceptar el dinero, devuélvele la tela". Y él exclamó: "¡Por Alah! No quiero tomar nada de vosotras.
       Todo eso os lo regalo.
       En cambio, ¡oh hermosa joven! concédeme un beso, sólo un beso. Porque yo doy más valor a ese beso que a todas las mercancías de mi tienda". Y la vieja le dijo, riéndose: "¡Oh guapo mozo! Locura es considerar un beso como cosa tan inestimable". Y a mí me dijo: "¡Oh hija mía! ¿has oído lo que dice este joven mercader? No tengas cuidado, que nada malo ha de pasar porque te dé un beso únicamente, y en cambio, podrás escoger y tomar lo que más te plazca de todas estas telas preciosas".
        Entonces contesté: "¿No sabes que estoy ligada por un juramento?" Y la vieja replicó: "Déjale que te bese, que con que tú no hables ni te muevas, nada tendrás que echarte en cara. Y además, recogerás el dinero, que es tuyo, y la tela también". Y tanto siguió encareciéndolo la vieja, que tuve de consentir. Y para ello, me tapé los ojos y extendí el velo, a fin de que no vieran nada los transeúntes. Entonces el mercader ocultó la cabeza debajo de mi velo, acercó sus labios a mi mejilla y me besó.
        Pero a la vez me mordió tan bárbaramente, que me rasgó la carne. Y me desmayé de dolor y de emoción.
       Cuando volví en mí, me encontré echada en las rodillas de la vieja, que parecía muy afligida. En cuanto a la tienda, estaba cerrada y el joven mercader había desaparecido.
        Entonces la vieja me dijo: "¡Alah sea loado, por librarnos de mayor desdicha!" Y luego añadió: "Ahora tenemos que volver a casa. Tú fingirás estar indispuesta, y yo te traeré un remedio que te curará la mordedura inmediatamente". Entonces me levanté, y sin poder dominar mis pensamientos y mi terror por las consecuencias, eché a andar hacia mi casa y mi espanto iba creciendo según nos acercábamos. Al llegar entré en mi aposento, y me fingí enferma.
       A poco entró mi marido y me preguntó muy preocupado: "¡Oh dueña mía! ¿qué desgracia te ocurrió cuando saliste?" Yo le contesté: "Nada. Estoy bien". Entonces me miró con atención, y dijo: "¿Pero qué herida es esa que tienes en la mejilla, precisamente en el sitio más fino y suave?" Y yo le dije entonces: "Cuando salí hoy con tu permiso a comprar esas telas, un camello, cargado de leña, ha tropezado conmigo en una calle llena de gente, me ha roto el velo y me ha desgarrado la mejilla, según ves. ¡Oh, qué calles tan estrechas las de Bagdad!"
       Entonces se llenó de ira, y dijo: "¡Mañana mismo iré a ver al gobernador para reclamar contra los camelleros y leñadores, y el gobernador los mandará ahorcar a todos!" Al oírle, repliqué compasi-  va:   "¡Por Alah sobre ti! ¡No te cargues con pecados ajenos! Además, yo he tenido la culpa, por haber montado en un borrico que empezó a galopar y cocear. Caí al suelo, y por desgracia había allí un pedazo de madera que me ha desollado la cara haciéndome esta herida en la mejilla".
       Entonces exclamó él: "¡Mañana iré a ver a Giafar AlBarmaki, y le contaré esta historia, para que maten a todos los arrieros de la ciudad". Y yo le repuse: "¿Pero vas a matar a todo el mundo por causa mía? Sabes que esto ha ocurrido sencillamente por voluntad de Alah, y por el Destino, a quien gobierna".  Al oírme, mi esposo no pudo contener su furia y gritó: "¡Oh pérfida! ¡Basta de mentiras! ¡Vas a sufrir el castigo de tu crimen!" Y me trató con las palabras más duras, y a una llamada suya se abrió la puerta y entraron siete negros terribles, que me sacaron de la cama y me tendieron en el centro del patio.   Entonces mi esposo mandó a uno de estos negros qúe me sujetara por los hombros y se sentara sobre mí y a otro negro que se apoyase en mis rodillas para sujetarme las piernas. Y en seguida avanzó un tercer negro con una espada en la mano, y dijo: "¡Oh mi señor! la asestaré un golpe que la partirá en dos mitades!" Y otro negro afiadió: "Y cada uno de nosotros cortará un buen pedazo de carne y se lo echará a los peces del río de la Dejla (el Tigris) pues así debe castigarse a quien hace traición al juramento y al cariño". Y en apoyo de lo que decía, recitó estos versos:

       ¡Si supiese que otro participa del cariño de la que amo, mi alma se rebelaría hasta arrancar de ella tal amor de perdición! Y le diría a mi alma: ¡Mejor será que sucumbamos nobles! ¡Porque no alcanzará la dicha el que ponga su amor en un pecho enemigo!

       Entonces mi esposo dijo al negro que empuñaba la espada: "¡Oh valiente Saad! ¡Hiere a esa pérfida!" Y Saad levantó el acero. Y mi esposo me dijo: "Ahora di en alta voz tu acto de fe y recuerda las cosas y trajes y efectos que te pertenecen para que hagas testamento, porque ha llegado el fin de tu vida".
       Entonces le dije: "¡Oh servidor de Alah, el Optimo!, dame nada más que el tiempo necesario para hacer mi acto de fe y mi testamento". Después levanté al cielo la mirada, la volví a bajar y reflexioné acerca del estado mísero e ignominioso en que me veía, arrasándome en lágrimas los ojos, y recité llorando estas estrofas:

       ¡Encendiste en mis entrañas la pasión para enfriarte después! ¡Hiciste que mis ojos velaran largas noches para dormirte luego!

       ¡Pero yo te reservé un sitio entre mi corazón y mis ojos! ¿Cómo te ha de olvidar mi corazón, ni han de cesar de llorarte mis ojos? ¡Me habías jurado una constancia sin límite, y apenas tuviste mi corazón, me dejaste!
     
        ¡Y ahora no quieres tener piedad de ese corazón ni compadecerte de mi tristeza! ¿Es que no naciste más que para ser causa de mi desdicha y de la de toda mi juventud?
       ¡Oh amigos míos! os conjuro por Alah para que cuando yo muera escribáis en la losa de mi tumba: "¡Aquí yace un gran culpable! ¡Uno que amó!"

       ¡Y el afligido caminante que conozca los sufrimientos del amor dirigirá a mi tumba una mirada compasiva!

       Terminados los versos, seguía llorando, y al oírme y ver mis lágrimas, mi esposo se excitó y enfureció más todavía, y dijo estas estrofas:

       ¡Si así dejé a la que mi corazón amaba, no ha sido por hastío ni cansancio! ¡Ha cometido una falta que merece el abandono!

       ¡Ha querido asociar a otro a nuestra ventura, cuando ni mi corazón, ni mi razón, ni mis sentidos pueden tolerar sociedad semejante!

       Y cuando acabó sus versos yo lloraba aún, con la intención de conmoverle, y dije para mí: "Me tornaré sumisa y humilde. Y acaso me indulte de la muerte, aunque se apodere de todas mis riquezas".  Y le dirigí mis súplicas, y recité con gentileza estas estrofas:

       ¡En verdad te juro que si quisieres ser justo, no mandarías que me matasen! ¡Pero es sabido que el que ha juzgado inevitable la sepáración nunca supo ser justo!

       ¡Me cargaste con todo el peso de las consecuencias del amor, cuando mis hombros apenas podían soportar el peso de la túnica más fina o algún otro todavía más ligero!

       ¡Y sin embargo, no es mi muerte lo que me asombra, sino que mi cuerpo, después de la ruptura, siga deseándote!

       Terminados los versos, mis sollozos continuaban. Y entonces me miró, me rechazó con ademán violento, me llenó de injurias, y me recitó estos otros:

       ¡Atendiste a un cariño que no era el mío, y me has hecho sentir todo tu abandono!

       ¡Pero yo te abandonaré, como tú me has abandonado, desdeñando mi deseo! ¡Y tendré contigo la misma consideración que conmigo tuviste!
 
       ¡Y me apasionaré por otra, ya que a otro te inclinaste! ¡Y de la ruptura eterna entre nosotros, no tendré yo la culpa, sino tú solamente!

       Y al concluir estos versos, dijo al negro: "¡Córtala en dos mitades! ¡Ya no es nada mío!"
       Cuando el negro dió un paso hacia mí, desesperé de salvarme, y viendo segura ya mi muerte, me confié a Alah Todopoderoso. Y en aquel momento vi entrar a la vieja, que se arrojó a los pies del joven, se puso a besarlos, y le dijo: "¡Oh hijo mío! como nodriza tuya, te conjuro, por los cuidados que tuve contigo, a que perdones a esa criatura, pues no cometió falta que merezca tal castigo. Además, eres joven todavía, y temo que sus maldiciones caigan sobre ti". Y luego rompió a llorar, y continuó en sus súplicas para convencerle, hasta que él dijo: "¡Basta! Gracias a ti no la mato; pero la he de señalar de tal modo, que conserve las huellas todo el resto de su vida".
       Entonces ordenó algo a los negros, e inmediatamente me quitaron la ropa, dejándome toda desnuda. Y él con una rama de membrillo me fustigó toda, con preferencia el pecho, la espalda y las caderas, tan recia y furiosamente, que hube de desmayarme, perdida ya toda esperanza de sobrevivir a tales golpes. Entonces cesó de pegarme, y se fué, dejándome tendida en el suelo, mandando a los esclavos que me abandonasen en aquel estado hasta la noche, para transportarme después a mi antigua casa, a favor de la oscuridad. Y los esclavos lo hicieron así, llevándome a mi antigua casa, como les había ordenado su amo.
Al volver en mí, estuve mucho tiempo sin poder moverme; a causa de la paliza; luego me aplicaron varios medicamentos, y poco a poco acabé por curar; pero las cicatrices de los golpes no se borraron
de mis miembros ni de mis carnes, como azotadas por correas y látigos. ¡Todos habéis visto sus huellas!
       Cuando hube curado, después de cuatro meses de tratamiento, quise ver el palacio en que fui víctima de tanta violencia; pero se hallaba completamente derruído, lo mismo que la calle donde estuvo, desde uno hasta el otro extremo. Y en lugar de todas aquellas maravillas no había más que montones de basura acumulados por las barreduras de la ciudad. Y a pesar de todas mis tentativas, no conseguí noticias de mi esposo.
       Entonces regresé al lado de Fahima, que seguía soltera, y ambas fuimos a visitar a Zobeida, nuestra hermanastra, que te ha contado su historia y la de sus hermanas convertidas en perras. Y ella me contó su historia y yo le conté la mía, después de los acostumbrados saludos. Y mi hermana Zobeida me dijo:  "Oh hermana mía! nadie está libre de las desgracias de la suerte. ¡Pero gracias a Alah, ambas vivimos aún! ¡Permanezcamos juntas desde ahora! ¡Y sobre todo, que no se pronuncie siquiera la palabra matrimonio!"
       Y nuestra hermana Fahima vive con nosotras. Tiene el cargo de proveedora, y baja al zoco todos los días para comprar cuanto necesitamos; yo tengo la misión de abrir la puerta a los que llaman y de recibir a nuestros convidados, y Zobeida, nuestra hermana mayor, corre con el peso de la casa.
       Y así hemos vivido muy a gusto, sin hombres, hasta que Fahima nos trajo el mandadero cargado con una gran cantidad de cosas, y le invitamos a descansar en casa un momento. Y entonces entraron los tres saalik, que nos contaron sus historias, y en seguida vosotros, vestidos de mercaderes. Ya sabes, pues, lo que ocurrió y cómo nos han traído a tu poder, ¡oh Príncipe de los Creyentes!   
       ¡Esta es mi historia!
Entonces el califa quedó profundamente maravillado y...

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGO LA NOVENA NOCHE





       Ella dijo:
       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando la bruja cogió un poco de agua y pronunció unas palabras misteriosas, los peces empezaron a agitarse, irguiendo la cabeza, y acabaron por con vertirse en hijos de Adán, y en la hora y en el instante se desató la magia que sujetaba a los habitantes de la ciudad. Y la ciudad se convirtió en una población floreciente, con magníficos zocos bien construídos y cada habitante se puso a ejercer su oficio. Y las montañas volvieron a ser islas como en otro tiempo. Y hete aquí todo lo que hubo respecto a esto. Por lo que se refiere a la bruja ésta volvió junto al rey, y como le seguía tomando por el negro, le dijo: "¡Oh querido mio!, dame tu mano generosa para besarla".     Y el rey le respondió en voz baja: "Acércate más a mí". Y ella se aproximó. Y el rey cogió de pronto su buena espada, y le atravesó el pecho con tal fuerza, que la punta le salió por la espalda. Después, dando un tajo, la partió en dos mitades.
       Hecho esto salió en busca del joven encantado, que le esperaba de pie. Entonces le felicitó por su desencantamiento, y el joven le besó la mano, y le dió efusivamente las gracias. Y le dijo el rey: "¿Quie res marchar a tu ciudad, o acompañarme a la mía?" Y el joven contestó: "¡Oh, rey de los tiempos! ¿sabes cuánta distancia hay de aquí a tu ciudad?" Y dijo el rey: "Dos días y medio". Entonces le dijo el joven: "¡Oh rey! si estás durmiendo, despierta. Para ir a tu capital emplearás, con la voluntad de Alah, todo un año. Si llegaste aquí en dos días y medio, fué porque esta población estaba encantada. Y cuenta, ¡oh rey! que no he de apartarme de ti ni siquiera el instante que dura un parpadeo". El rey se alegró al oírlo, y dijo: "Bendigamos a Alah, que ha dispuesto te encontrase en mi camino. Desde hoy serás mi hijo, ya que Alah no me los ha querido dar hasta ahora". Y se echaron uno en brazos del otro, y se alegraron hasta el límite de la alegría.
       Dirigiéronse entonces al palacio del rey que había estado encantado. Y el joven anunció a los notables de su reino que iba a partir para la santa peregrinación a la Meca. Y hechos los preparativos ne cesarios, partieron él y el rey, cuyo corazón anhelaba el regreso a su país, del que estaba ausente hacía un año. Marcharon, pues, llevando cincuenta mamalik (Mamelucos, soldados esclavos) cargados de regalos. Y no dejaron de viajar día y noche durante un año entero, hasta que avistaron la ciudad. El visir salió con los soldados al encuentro del rey, muy satisfecho de su regreso, pues había llegado a temer no verle más. Y los soldados se acercaron, y besaron la tierra entre sus manos, y le dieron la bienvenida. Y entró en el palacio y se sentó en su trono. Después llamó al visir y le puso al corriente de cuanto le había ocurrido. Cuando el visir supo la historia del joven, le dió la enhorabuena por su desencantamiento y su salvación.
       Mientras tanto, el rey gratificó a muchas personas, y después dijo al visir: "Que venga aquel pescador que en otro tiempo me trajo los peces". Y el visir mandó llamar al pescador que había sido causa del desencantamiento de los habitantes de la ciudad. Y cuando se presentó le ordenó el rey que se acercase, y le regaló trajes de honor, preguntándole acerca de su manera de vivir y si tenía hijos. Y el pescador dijo que tenía un hijo y dos hijas. Entonces el rey se casó con una de sus hijas, y el joven se casó con la otra. Después el rey conservó al pescador a su lado y le nombró tesorero general.
       En seguida envió a su visir a la ciudad del joven, situada en las Islas Negras, y le nombró sultán de aquellas islas, escoltándole los cincuenta mamalik con numerosos trajes de honor para todos aquellos emires. El visir, al despedirse, besó ambas manos del sultán y salió para su destino. Y el rey y el joven siguieron juntos, muy felices con sus esposas, las dos hijas del pescador, gozando una vida de venturosa tranquilidad y cordial esparcimiento. En cuanto al pescador, nombrado tesorero general, se enriqueció mucho y llegó a ser el hombre más rico de su tiempo. Y todos los días veía a sus hijas, que eran esposas de reyes. ¡Y en tal estado, después de numerosos años completos, fué a visitarles la Separadora de los amigos, la Inevitable, la Silenciosa, la Inexorable! ¡Y ellos murieron!
 
       Pero no creais que esta historia-prosiguió Schehrazada- sea más maravillosa que la del mandadero.
                


           HISTORIA DEL MANDADERO Y LAS TRES DONCELLAS


       Había en la ciudad de Bagdad un hombre que era soltero y además mozo de cordel.
       Un día entre los días, mientras estaba en el zoco, indolentemente apoyado en su espuerta, se paró delante de él una mujer con un ancho manto de tela de Mussul, en seda sembrada de lentejuelas de oro y forro de brocato. Levantó un poco el velillo de la cara y aparecieron por debajo dos ojos negros con largas pestañas y ¡qué párpados! Era esbelta, sus manos y sus pies muy pequeños, y reunía, en fin, un conjunto de perfectas cualidades. Y dijo con su voz llena de dulzura: "¡Oh mandadero! coge la espuerta y sígueme". Y el mandadero, sorprendidísimo, no supo si había oído bien, pero cogió la espuerta y siguió a la joven, hasta que se detuvo a la puerta de una casa. Llamó y salió un nusraní,(nazareno, cristiano) que por un dinar le dió una medida de aceitunas, y ella las puso en la espuerta, diciendo al mozo: "Lleva eso y sígueme".
       Y el mandadero exclamó: "¡Por Alah! ¡Bendito día!" Y cogió otra vez la espuerta y siguió a la joven. Y he aquí que se paró ésta en la frutería y compró manzanas de Siria, membrillos osmani, melocotones de Omán, jazmines de Alepo, nenúfares de Damasco, cohombros del Nilo, limones de Egipto, cidras sultaní, bayas de mirto, flores de henné, anémonas rojas de color de sangre, violetas, flores de granado y narcisos. Y lo metió todo en la espuerta del mandadero, y le dijo: "Llévalo". Y él lo llevó, y la siguió hasta que llegaron a la carnicería, donde dijo la joven: "Corta diez artal de carne".(1 )
       Y el carnicero cortó los diez artal, y ella los envolvió en hojas de banano, los metió en la espuerta, y dijo: "Llévalo, ¡oh mandadero!" Y él lo llevó así, y la siguió hasta encontrar un vendedor de almendras, al cual compró la joven toda clase de almendras, diciendo al mozo: "Llévalo y sígueme". Y cargó otra vez con la espuerta y la siguió hasta llegar a la tienda de un confitero, y allícompró ella una bandeja y la cubrió de cuanto había en la confitería: enrejados de azúcar con manteca, pastas aterciopeladas perfumadas con almizcle y deliciosamente rellenas, bizcochos llamados sabun, pastelillos, tortas de limón, confituras sabrosas, dulces llamados muchabac, bocadillos huecos llamados lucmet-el-kadí, otros cuyo nombre es assabihzeinab, hechos con manteca, miel y leche. Después colocó todas aquellas golosinas en la bandeja, y la bandeja encima de la espuerta.
        Entonces el mandadero dijo: "Si me hubieras avisado habría alquilado una mula para cargar tanta cosa". Y la joven sonrió al oírlo. Después se detuvo en casa de un destilador y compró diez clases de aguas: de rosas, de azahar y otras muchas, y varias bebidas embriagadoras, como asimismo un hisopo para aspersiones de agua de rosas almizclada, granos de incienso macho, palo de áloe, ámbar gris y almizcle, y finalmente velas de cera de Alejandría.
      


(1) Artal, plural de ratl, peso que varía, según las comarcas, entre dos onzas y doce
        Todo lo metió en la espuerta, y dijo al mozo: "Lleva la espuerta y sígueme". Y el mozo la siguió, llevando siempre la espuerta, hasta que la joven llegó a un palacio, todo de mármol, con un gran patio que daba al jardín de atrás. Todo era muy lujoso, y el pórtico tenía dos hojas de ébano, adornadas con chapas de oro rojo.
       La joven llamó, y las dos hojas de la puerta se abrieron. El mandadero vió entonces que había abierto la puerta otra joven, cuyo talle, elegante y gracioso, era un verdadero modelo, especialmente por sus pechos redondos y salientes, su gentil apostura, su belleza y todas las perfecciones de su talle y de todo lo demás. Su frente era blanca como la primera luz de la luna nueva, sus ojos como los ojos de las gacelas, sus cejas como la luna creciente del Ramadán, sus mejillas como anémonas, su boca como el sello de Soleimán, su rostro como la luna llena al salir, sus dos pechos como granadas gemelas. En cuanto a su vientre juvenil, elástico y flexible, se ocultaba bajo la ropa como una carta preciada bajo el rollo que la envuelve.
       Por eso, a su vista, notó el mozo que se le iba el juicio y que la espuerta se le venía al suelo. Y dijo para sí: "¡Por Alah! ¡En mi vida he tenido un día tan bendito como el de hoy!"
       Entonces esta joven tan admirable dijo a su hermana la proveedora y al mandadero: "¡Entrad, y que la acogida aquí sea para vosotros tan amplia como agradable!"
Y entraron, y acabaron por llegar a una sala espaciosa que daba al patio, adornada con brocados de seda y oro, llena de lujosos muebles con incrustaciones de oro, jarrones, asientos esculpidos, cortinas y unos roperos cuidadosamente cerrados.
        En medio de la sala había un lecho de mármol incrustado con perlas y esplendorosa pedrería, cubierto con un dosel de raso rojo. Sobre él estaba extendido un mosquitero de fina gasa, también rojo, y en el lecho había una joven demaravillosa hermosura, con ojos babilónicos, un talle esbelto como la letra aleph, y un rostro tan bello, que podía envidiarlo el sol luminoso. Era una estrella brillante, una noble hermosura de Arabia, como dijo el poeta:

       ¡El que mida tu talle, ¡oh joven! y lo compare por su esbeltez con la delicadeza de una rama flexible, juzga con error a pesar de su talento! ¡Porque tu talle no tiene igual, ni tu cuerpo un hermano!

       ¡Porque la rama sólo es linda en el árbol y estando desnuda! ¡Mientras que tú eres hermosa de todos modos, y las ropas que te cubren son únicamente una delicia más!

       Entonces la joven se levantó, y llegando junto a sus hermanas, les dijo: "¿Por qué permanecéis quietas? Quitad la carga de la cabeza de ese hombre". Entonces entre las tres le aliviaron del peso. Vaciaron la espuerta, pusieron cada cosa en su sitio, y entregando dos dinares al mandadero, le dijeron: "¡Oh mandadero! vuelve la cara y vete inmediatamente". Pero el mozo miraba a las jóvenes, encantado de tanta belleza y tanta perfección, y pensaba que en su vida había visto nada semejante. Sin embargo, chocábale que no hubiese ningún hombre en la casa. En seguida se fijó en lo que allí había de bebidas, frutas, flores olorosas y otras cosas buenas, y admirado hasta el límite de la admiración, no tenía maldita la gana de marcharse.
       Entonces la mayor de las doncellas le dijo: "¿Por qué no te vas? ¿Es que te parece poco el salario?" Y se volvió hacia su hermana, la que había hecho las compras, y le dijo: "Dale otro dinar". Pero el mandadero replicó: "¡Por Alah, señoras mías! Mi salario suele ser la centésima parte de un dinar, por lo cual no me ha parecido escasa la paga. Pero mi corazón está pendiente de vosotras. Y me pregunto cuál puede ser vuestra vida, ya que vivís en esta soledad, y no hay hombre que os haga compañía.
       ¿No sabéis que un minarete sólo vale algo con la condición de ser uno de los cuatro de la mezquita? Pero ¡oh señoras mías! no sois más que tres, y os falta el cuarto. Ya sabéis que la dicha de las mujeres nunca es perfecta si no se unen con los hombres. Y, como dice el poeta, un acorde no será jamás armonioso como no reúnan cuatro instrumentos: el arpa, el laúd, la cítara y la flauta. Vosotras, ¡oh señoras mías! sólo sois tres, y os falta el cuarto instrumento: la flauta. ¡Yo seré la flauta y me conduciré como hombre prudente, lleno de sagacidad e inteligencia, artista hábil que sabe guardar un secreto!"
       Y las jóvenes le dijeron: "¡Oh mandadero! ¿no sabes tú que somos vírgenes? Por eso tenemos miedo de fiarnos de algo. Porque hemos leído lo que dicen los poetas:

        "Desconfía de toda confidencia, pues un secreto revelado es secreto perdido” .

       Pero el mandadero exclamó: "¡Juro por vuestra vida, ¡oh señoras mías! que yo soy un hombre prudente, seguro y leal! He leído libros y he estudiado crónicas. Sólo cuento cosas agradables, callándome cuidadosamente las cosas tristes. Obro en toda ocasión según dice el poeta:

       ¡Sólo el hombre bien dotado sabe callar el secreto! ¡Sólo los mejores entre los hombres saben cumplir sus promesas!

       ¡Yo encierro los secretos en una casa de sólidos candados, donde la llave se ha perdido y la puerta está sellada!"

       Y escuchando los versos del mandadero, muchas otras estrofas que recitó y sus improvisaciones rimadas, las tres jóvenes se tranquilizaron; pero para no ceder en seguida, le dijeron: "Sabe, ¡oh mandadero! que en este palacio hemos gastado el dinero en enormes cantidades. ¿Llevas tú encima con qué indemnizarnos? Sólo te podremos invitar con la condición de que gastes mucho oro. ¿Acaso no es tu deseo permanecer con nosotras, acompañarnos a beber, y singularmente hacernos velar toda la noche, hasta que la aurora bañe nuestros rostros?" Y la mayor de las doncellas añadió: "Amor sin dinero no puede servir de buen contrapeso en el platillo de la balanza". Y la que había abierto la puerta dijo: "Si no tienes nada, vete sin nada". Pero en aquel momento intervino la proveedora, y dijo: "¡Oh hermanas mías! Dejemos eso, ¡por Alah!, pues este muchacho en nada ha de amenguarnos el día. Además, cualquier otro hombre no habría tenido con nosotras tanto comedimiento. Y cuanto le toque pagar a él, yo lo abonaré en su lugar".
       Entonces el mandadero se regocijó en extremo, y dijo a la que le había defendido: "¡Por Alah! A ti te debo la primera ganancia del día". Y dijeron las tres: "Quédate, ¡oh buen mandadero! y te tendremos sobre nuestras cabezas y nuestros ojos". Y en seguida la proveedora se levantó y se ajustó el cinturón. Luego dispuso los frascos, clasificó el vino por decantación, preparó el lugar en que habían de reunirse cerca del estanque, y llevó allí cuanto podían necesitar. Después ofreció el vino y todo el mundo se sentó, y el mandadero en medio de ellas, en el vértigo, pues se figuraba estar soñando.
       Y he aquí que la proveedora ofreció la vasija del vino y llenaronla copa y la bebieron, y así por segunda y por tercera vez. Después la proveedora la llenó de nuevo y la presentó a sus hermanas, y luego al mandadero. Y el mandadero, extasiado, improvisó esta composición rimada:

       ¡Bebe este vino! ¡El es la causa de toda nuestra alegría! ¡El da al que lo bebe fuerzas y salud! ¡El es el único remedio que cura todos los males!

       ¡Nadie bebe el vino, origen de toda alegría, sin sentir las emociones más gratas! ¡La embriaguez es lo único que puede saturarnos de voluptuosidad!

       Después besó las manos de las tres doncellas, y vació la copa. En seguida, aproximándose a la mayor, dijo: "¡Oh señora mía! Soy tu esclavo, tu cosa y tu propiedad!" Y recitó estas estrofas. en honor suyo:

       ¡A tu puerta espera de pie un esclavo de tus ojos, acaso el más humilde de tus esclavos!

       ¡Pero conoce a su dueña! ¡El sabe cuánta es su generosidad y sus beneficios! ¡Y sobre todo, sabe cómo se lo ha de agradecer!

       Entonces ella le dijo, ofreciéndole la copa: "Bebe, ¡oh amigo mío! y que la bebida te aproveche y la digieras bien. Que ella te dé fuerzas para el camino de la verdadera salud".
Y el mandadero cogió la copa, besó la mano a la joven, y con una voz dulce y modulada 'cantó quedamente estos versos:
       ¡Yo ofrezco a mi amiga (1) un vino resplandeciente como sus mejillas, mejillas tan luminosas, que sólo la caridad de una llama podría compararse con su espléndida vida!

(1) En el texto original "mi amigo". Los poetas árabes, por eufemismo, usan casi siempre el género masculino al hablar de sus amadas.  (2)En árabe, se emplea  la palabra alma, queriendo decir “uno mismo”,  “una misma”, etc
       Ella se digna aceptarlo, pero me dice muy risueña: "¿Cómo quieres que beba mis propias mejillas?"
Y yo le digo: "; Bebe, oh llama de mi corazón! ¡Este licor son mis lágrimas, su color rojo,  mi sangre, y su mezcla en la copa, estoda mi alma!”   

       Entonces la joven cogió la copa de manos del mandadero, se la llevó a los labios y después fue a sentarse junto a sus hermanas. Y todos empezaron a cantar, a danzar y a jugar con las flores exquisitas. Y mientras tanto, el mozo las abrazaba y las besaba. Y una le dirigía chanzas, otra lo atraía hacia ella, y la otra le golpeaba con las flores. Y siguieron bebiendo, hasta que el vino se les subió a la cabeza. Cuando el vino reinó por completo, la joven que había abierto la puerta se levantó, se quitó to a a ropa y se quedó desnuda. Y de un salto echó su alma(2) en el estanque y se puso a jugar con el agua, se llenó
de ella la boca y roció ruidosamente al mandadero. Esto no le estorbaba para que el agua corriese por todos sus miembros y por entre sus muslos juveniles. Después salió del estanque, se echó sobre el pecho del mandadero, y extendiéndose luego boca arriba, dijo señalando a la cosa situada entre sus muslos: "¡Oh mi querido! ¿Sabes cómo se llama esto?"
       Y contestó el mozo: "¡Ah ...! ¡ah ... ! ordinariamente suele llamarse la casa de la misericordia".
       Pero ella exclamó: "¡Yu! ¡Yu! ¿No te da vergüenza tu ignorancia?" Y le cogió del pescuezo y empezó a darle golpes.
        Entonces dijo él: "¡Basta! ¡basta! Se llama la vulva". Y repitió ella: "Tampoco es así". Y el mandadero dijo: "Pues tu pedazo de atrás". Y ella repitió: "Otra cosa". Y dijo él: "Es tu zángano". Pero ella, al oírlo, golpeó al joven con tal fuerza, que le arañó la piel. Y entonces él dijo: "Pues dime cómo se llama". Y ella contestó: "La albahaca de los puentes". Y exclamó el mozo: "¡Ya era hora! ¡Alabado sea Alah! y él te guarde, ¡oh mi albahaca de los puentes!"
       Después volvió a circular la copa y la subcopa. En seguida la segunda joven se desnudó y se metió en el estanque, e hizo lo mismo que su hermana. Salió después, se echó en el regazo del mozo, y
señalando con el dedo hacia sus muslos y a la cosa situada entre los muslos, preguntó: "¿Cuál es el nombre de esto, luz de mis ojos?" Y él dijo: "Tu grieta". Pero ella exclamó: "¡Qué palabras tan abominables dice este hombre!" Y le abofeteó con tal furia, que retembló toda la sala. Y después dijo él: "Entonces será la albahaca de los puentes". Pero ella replicó: "No es eso, no es eso". Y volvió a darle golpes. Entonces preguntó el mozo: "¿Pues cuál es su nombre?" Y contestó ella: "El sésamo descortezado". Y él exclamó: "¡Para ti sean, ¡oh el más descortezado entre los sésamos! las mejores bendiciones!"
       Después se levantó la tercera joven, se desnudó y se metió en el estanque, donde hizo como sus hermanas, y luego se vistió, y fue a tenderse entre las piernas del mandadero, y le dijo, señalando hacia sus partes delicadas: "Adivina su nombre". Entonces él le dijo: "Se llama, esto, se llama lo otro".
       Y numerando con los dedos, decía: "El estornino mudo, el conejo sin orejas, el polluelo sin voz, el padre de la blancura, la fuente de las gracias". Y por fin, en vista de sus protestas, acabó preguntando, para que no le pegara más: "¿Pues cuál es su nombre?"
       Y ella contestó: "El khan (la posada) de Aby-Mansur".
       Entonces el mandadero se levantó, se despojó de sus vestiduras y se metió en el agua. ¡Y su espalda sobrenadaba majestuosa en la superficie! Se lavó todo el cuerpo como se habían lavado las doncellas, y después salió del baño y fue a echarse en el regazo de la más joven, apoyó los pies en el regazo de la otra hermana, y señalando a su virilidad, preguntó a la mayor de todas: "¿Sabes, ¡oh soberana mía! cuál es su nombre?"
       Al oír estas palabras, las tres se echaron a reír tan a gusto, que cayeron sobre sus posaderas, y exclamaron: "¡Tu zib!" Y él dijo: "No es eso, no es eso". Y les dió a cada una un mordisco. Entonces dijeron: "¡Tu herramienta!" Y él contestó: "Tampoco es eso". Y a cada una les dió un pellizco en un seno. Y ellas, asombradas, replicaron: "Sí que es tu herramienta, porque está ardiente; sí que es tu zib, porque se mueve". Y el mozo seguía negando, con un movimiento de cabeza, y luego las besaba, las mordía, las pellizcaba y las abrazaba, y ellas reían a más no poder, hasta que acabaron por decirle: "¿Cómo se llama, pues?" Entonces él meditó un momento, se miró entre los muslos, guiñó los ojos, y señalando a su zib, dijo: "¡Oh señoras mías! vais a oír lo que acaba de decirme este niño: "Me llaman el macho poderoso y sin castrar, que pace la albahaca de los puentes, se deleita con raciones de sésamo descortezado y se alberga en la posada de Aby-Mansur".
       Y se rieron las tres tan descompasadamente al oírle, que de nuevo doblaron sobre sus partes traseras. Después siguieron bebiendo en la misma copa hasta que comenzó a anochecer.
       Las jóvenes dijeron al mandadero: "Ahora vuelve la cara y vete, y así veremos la anchura de tus hombros". Pero el mozo exclamó: "¡Por Alah, señoras mías! ¡Más fácil sería a mi alma salir del cuerpo, que a mí dejar esta casa! ¡Juntemos esta noche con el día, y mañana podrá cada uno ir en busca de su destino por el camino de Alah!"
        Entonces intervino nuevamente la joven proveedora: "Hermanas, por vuestra vida, invitémosle a pasar la noche con nosotras y nos reiremos mucho con él, porque es una mala persona sin pudor, y además muy gracioso". Y dijeron entonces al mandadero: "Puedes pasar aquí la noche con la condición de estar bajo nuestro dominio y no pedir ninguna explicación sobre lo que veas ni sobre cuanto ocurra". Y él respondió: "Así sea, ¡oh señoras mías!" Y ellas añadieron: "Levántate y lee lo que está escrito encima de las puertas". Y él se levantó, y encima de la puerta vió las siguientes palabras, escritas con letras de oro:
.      
       No hables nunca de lo que no te importe si no oirás cosas que no te  gusten.

       Y el mandadero dijo: "¡Oh señoras mías! os pongo por testigo de que no he de hablar de lo que no me importe".
       En este momento de su narración, Schehrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

viernes, 5 de junio de 2015

Y CUANDO LLEGO LA OCTAVA NOCHE



Y CUANDO LLEGO LA OCTAVA NOCHE



       Schehrazada dijo:
   
       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el joven encantado dijo al rey:
       "Al herir al negro para cortarle la cabeza, corté efectivamente su piel y su carne, y creí que lo había matado, porque lanzó un estertor horrible. Y a partir de ese momento, nada sé sobre lo que ocurrió. Pero al día siguiente, vi que la hija de mi tío se había cortado el pelo y se había vestido de luto. Después me dijo: "¡Oh hijo de mi tío! No censures lo que hago, porque acabo de saber que se ha muerto mi madre, que a mi padre lo han matado en la guerra santa, que uno de mis hermanos ha fallecido de picadura de escorpión y que el otro ha quedado enterrado bajo las ruinas de un edificio; de modo que tengo motivos para llorar y afligirme". Fingiendo que la creía, le dije: "Haz lo que creas conveniente, pues no he de prohibírtelo". Y permaneció encerrada con su luto, con sus lágrimas y sus accesos de dolor durante todo un año, desde su comienzo hasta el otro comienzo.
       Y transcurrido el año, me dijo: "Deseo construir para mí una tumba en este palacio; allí podré aislarme con mi soledad y mis lágrimas, y la llamaré la Casa de los Duelos". Yo le dije: "Haz lo que tengas por conveniente". Y se mandó construir esta Casa de los Duelos, coronada por una cúpula, y conteniendo un subterráneo como una tumba. Después transportó allí al negro, que no había muerto, pues sólo había quedado muy enfermo y muy débil, aunque en realidad ya no le podía servir de nada a la hija de mi tío. Pero esto no le impedía estar bebiendo a todas horas vino y buza. Y desde el día en que le herí no podía hablar y seguía viviendo, pues no le había llegado todavía su hora.
       Ella iba a verlo todos los días, entrando en la cúpula, y sentía a su lado accesos de llanto y de locura, y le daba bebidas y condimentos. Así hizo, por la mañana y por la noche, durante todo otro año. Yo tuve paciencia durante este tiempo; pero un día, entrando de improviso en su habitación, la oí llorar y arañarse la cara y decir amargamente estos versos:
      
        ¡Partiste, ¡oh muy amado mío! y he abandonado a los hombres y vivo en la soledad, porque mi corazón no puede amar nada desde que partiste, ¡oh muy amado mío!

       ¡Si vuelves a pasar cerca de tu muy amada, recoge por favor sus despojos mortales, en recuerdo de su vida terrena, y dales el reposo en la tumba donde tú quieras, pero cerca de ti, si vuelves a pasar cerca de tu muy amada!

       ¡Que tu voz se acuerde de mi nombre de otro tiempo para hablarme en la tumba! ¡Oh, pero en mi tumba sólo oirás el triste sonido de mis huesos al chocar unos con otros!
       Cuando hubo terminado su lamentación, desenvainé la espada, y le dije: "¡Oh traidora! sólo hablan así las infames que reniegan de sus amores y pisotean el cariño". Y levantando el brazo, me disponía a herirla, cuando ella, descubriendo entonces que había sido yo quien hirió al negro, se puso de pie, pronunciando unas palabras misteriosas, y dijo: "Por la virtud de mi magia, que Alah te convierta mitad piedra y mitad hombre". E inmediatamente, señor, quedé como me ves. Y ya no puedo valerme ni hacer un movimiento, de suerte que no estoy ni muerto ni vivo. Después de ponerme en tal estado, encantó las cuatro islas de mi reino, convirtiéndolas en montañas, con ese lago en medio de ellas, y a mis súbditos los transformó en peces. Pero hay más. Todos los días me tortura azotándome con una correa, dándome cien latigazos, hasta que me hace sangrar. Y después me pone sobre las carnes una camisa de crin, cubriéndola con la ropa".
       El joven se echó entonces a llorar y recitó estos versos:

       ¡Aguardando tu sentencia y tu justicia, ¡oh mi señor! sufro pacientemente, pues tal es tu voluntad!
       ¡Pero me ahogan mis desgracias! ¡Y sólo puedo recurrir a ti, ¡oh, Señor! ¡oh Alah, adorado por nuestro bendito Profeta!

       El rey dijo entonces al joven: "Has añadido una pena a mis penas; pero dime, ¿dónde está esa mujer?" Y respondió el mancebo: "En la tumba, donde está el negro, debajo de la cúpula. Todos los
días viene a esta habitación, me desnuda, y me da cien latigazos, y yo lloro y grito, sin poder hacer un movimiento para defenderme. Después de martirizarme, se va junto al negro, llevándole vinos y licores hervidos". Entonces exclamó el rey: "¡Oh excelente joven! ¡Por Alah ! voy a hacerte un favor tan memorable, que después de mi muerte pasará al dominio de la Historia". Y ya no añadió más, y siguió la conversación hasta que se acercó la noche. Después se levantó el rey y aguardó que llegase la hora nocturna de las brujas. Entonces se desnudó, volvió a ceñirse la espada, y se fué hacia el sitio donde se encontraba el negro. Había allí velas y farolillos colgados, y también perfumes, incienso y distintas pomadas. Se fué derechamente al negro, le hirió, le atravesó y le hizo vomitar el alma. En seguida se lo echó a los hombros y lo arrojó al fondo de un pozo que había en el jardín. Después volvió a la cúpula, se vistó con las ropas del negro, y se paseó durante un instante, a todo lo largo del subterráneo, tremolando en su mano la espada completamente desnuda.
       Transcurrida una hora, la desvergonzada bruja llegó a la habitación del joven. Apenas hubo entrado, desnudó al hijo de su tío, cogió el látigo y empezó a pegarle. Entonces él gritaba: "¡No me hagas sufrir más! ¡Bastante terrible es mi desgracia! ¡Ten piedad de mi". Ella respondió: "¿La tuviste de mí? ¿Respetaste a mi amante? Así, pues, ¡toma, toma!". Después le puso la túnica de crin, colocándole la otra ropa por encima, e inmediatamente marchó al aposento del negro, llevándose la copa de vino y la taza de plantas hervidas. Y al entrar debajo de la cúpula, se puso a llorar e imploró: "¡0h, dueño mío, háblame, hazme oír tu voz!". Y recitó dolorosamente estos versos:

       ¡Oh, corazón mío! ¿ha de durar mucho esta separación tan angustiosa? ¡El amor con que me traspasaste es un tormento que supera mis fuerzas!
       ¡Hasta cuándo seguirás huyendo de mí! ¡Si sólo querías mi dolor y mi amargura, ya serás feliz, pues bien se han cumplido tus deseos!
      
       Después rompió en sollozos y volvió a implorar: "¡Oh dueño mío! Háblame, que yo te oiga".     Entonces el supuesto negro torció la lengua y empezó a imitar el habla de los negros: "¡No hay fuerza ni poder sin la ayuda de Alah!" La bruja, al oír hablar al negro, después de tanto tiempo, dió un grito de júbilo y cayó desvanecida, pero pronto volvió en sí, y dijo: "¿Es que mi dueño está curado?" Entonces el rey, fingiendo la voz y haciéndola muy débil, dijo: "¡Oh miserable libertina! No mereces que te hable". Y ella dijo: "¿Pero por qué?" Y él contestó: "Porque siempre estás castigando a tu marido, y él da voces, y esto me quita el sueño toda la noche hasta la mañana. De otro modo ya habría yo recobrado las fuerzas. Eso precisamente me impide contestarte". Y ella dijo: "Pues ya que tú me lo mandas, lo libraré del estado en que se encuentra". Y él contestó: "Sí, líbralo y recobraremos la tranquilidad". Y dijo la bruja: "Escucho y obedezco". Después salió de la cúpula, marchó al palacio, cogió una taza de cobre llena de agua, pronunció unas palabras mágicas, y el agua empezó a hervir, como hierve en la marmita. Entonces echó un poco de esta agua al joven y dijo: "¡Por la fuerza de mi conjuro, te mando que salgas de esa forma y recuperes la primitiva!" Y el joven se sacudió todo él, se puso de pie, y exclamó muy dichoso al verse libre: "¡No hay más Dios que Alah, y Mohamed es el Profeta de Alah! ¡Sean con El la bendición y la paz de Alah!" Y ella dijo: "¡Vete, y no vuelvas por aquí porque te mataré!". Y se lo gritó en la cara. Entonces el joven se fue de entre sus manos. Y he aquí todo lo referente a él.
       En cuanto ala bruja, volvió en seguida a la cúpula, descendió al subterráneo y dijo: "¡Oh dueño mío! levántate, que te vea yo". Y el rey contestó muy débilmente: "Aun no has hecho nada. Queda otra cosa para que recobre la tranquilidad. No has suprimido la causa principal de mis males". Y ella dijo: "¡Oh amado mío! ¿cuál es esa causa principal?" Y el rey contestó: Esos peces del lago, los habitantes de la antigua ciudad y de las cuatro islas, no dejan de sacar la cabeza del agua a medianoche, para lanzar imprecaciones contra ti y contra mí. Y este es el motivo de que no recobre yo las fuerzas. Libértalos, pues. Entonces podrás venir a darme la mano y ayudarme a levantar, porque seguramente habré vuelto a la salud".
       Cuando la bruja oyó estas palabras, que creía del negro, exclamó muy alegre: "¡Oh, dueño mío! pongo tu voluntad sobre mi cabeza, y sobre mis ojos". E invocando el nombre de Bismillah, se levantó muy dichosa, echó a correr, llegó al lago, cogió un poco de agua y...

       En ese momento de la narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.
  

domingo, 8 de febrero de 2015

PERO CUANDO LLEGO LA SEPTIMA NOCHE

  



 Ella dijo:
      
       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, que cuando los peces empezaron a hablar, la joven volcó la sartén con la varita, y salió por donde había entrado, cerrándose la pared de nuevo. Entonces el visir se levantó y dijo: "Es esta una cosa que verdaderamente no podría ocultar al rey". Después se marchó en busca del rey y le refirió lo que había pasado en su presencia. Y mandó llamar al pescador y le ordenó que volviera con cuatro peces iguales a los primeros, para lo cual le dió tres días de plazo. Pero el pescador marchó en seguida al estanque, y trajo inmediatamente los cuatro peces. Entonces el rey dispuso que le dieran cuatrocientos dinares, y volviéndose hacia el visir, le dijo: "Prepara tú mismo delante de mí esos pescados". Y el visir contestó: "Escucho y obedezco". Y entonces mandó llevar la sartén delante del rey, y se puso a freír los peces, después de haberlos limpiado bien, y en cuanto estuvieron fritos por un lado, los volvió del otro. Y de pronto se abrió la pared de la cocina y salió un negro semejante a un búfalo entre los búfalos, o a un gigante de la tribu de Had, y llevaba en la mano una rama verde, y dijo con voz clara y terrible: "¡Oh peces! ¡oh peces! ¿Seguís sosteniendo vuestra antigua promesa?".
       Y los peces levantaron la cabeza desde el fondo de la sartén, y dijeron: "Cierto que sí, cierto que sí".   Y declamaron a coro estos versos:

       ¡Si tú vuelves hacia atrás, nosotros volveremos! ¡Si tú cumples tu promesa, nosotros cumpliremos la nuestra! ¡Pero si te resistes, gritaremos tanto que acabarás por ceder!

       Después el negro se acercó a la sartén, la volcó con la rama, y los peces se abrasaron, convirtiéndose en carbón. El negro se fue entonces por el mismo sitio por donde había entrado. Y cuando hubo desaparecido de la vista de todos, dijo el rey: "Es éste un asunto sobre el cual, verdaderamente, no podríamos guardar silencio. Además, no hay duda que estos peces deben tener una historia muy extraña". Y entonces mandó llamar al pescador, y cuando se presentó el pescador le dijo: "¿De dónde proceden estos peces?" El pescador contestó: "De un estanque situado entre cuatro colinas, detrás de la montaña que domina tu ciudad". Y el rey, volviéndose hacia el pescador, le dijo: "¿Cuántos días se tarda en llegar a ese sitio?".
       Y dijo el pescador: "¡Oh sultán, señor nuestro! Basta con media hora".
       El sultán quedó sorprendidísimo, y mandó a sus soldados que marchasen inmediatamente con el pescador. Y el pescador iba muy contrariado, maldiciendo en secreto al efrit. Y el rey y todos partieron y subieron a una montaña, y bajaron hasta una vasta llanura que en su vida habían visto anteriormente. Y el sultán y los soldados se asombraron de esta extensión desierta, situada entre cuatro montañas, y de aquel estanque en que jugaban peces de cuatro colores: rojos, blancos, azules y amarillos. Y el rey se detuvo y preguntó a los soldados y a cuantos estaban presentes: "¿Hay alguno de vosotros que haya visto anteriormente ese lago en este lugar?" Y todos respondieron: "¡Oh, no!". Y el rey dijo: "¡Por Alah! No volveré jamás a mi capital ni me sentaré en el trono de mi reino sin averiguar la verdad sobre este lago y los peces que encierra". Y mandó a los soldados que cercaran las montañas. Y los soldados así lo hicieron. Entonces el rey llamó a su visir. Porque este visir era hombre sabio, elocuente, versado en todas las ciencias. Cuando se presentó ante el rey, éste le dijo: "Tengo intención de hacer una cosa y voy a enterarte de ella. Deseo aislarme completamente esta noche y marchar yo solo a descubrir el misterio de este lago y sus peces. Por consiguiente, te quedarás a la puerta de mi tienda, y dirás a los emires, visires y chambelanes: "El sultán está indispuesto y me ha mandado que no deje pasar a nadie". Y a ninguno revelarás mi intención". De este modo el visir no podía desobedecer.
       Entonces el rey se disfrazó, y ciñéndose su espada, se escabulló de entre su gente sin que nadie lo viese. Y estuvo andando toda la noche sin detenerse hasta la mañana, en que el calor, demasiado excesivo, le obligó a descansar. Después anduvo durante todo el resto del día y durante la segunda noche hasta la mañana siguiente. Y he aquí que vió a lo lejos una cosa negra, y se alegró de ello y dijo: "Es probable que encuentre allí a alguien que me contará la historia del lago y sus peces". Y al acercarse a esta cosa negra vió que aquello era un palacio enteramente construido con piedras negras, reforzado con grandes chapas de hierro, y que una de las hojas de la puerta estaba abierta y la otra cerrada. Entonces se alegró mucho, y parándose ante la puerta, llamó suavemente, pero como no le contestasen llamó por segunda y por tercera vez. Después, y como seguían sin contestar, llamó por cuarta vez, pero con gran violencia, y nadie contestó tampoco. Entonces se dijo: "No hay duda, este palacio está desierto". Y en seguida, tomando ánimos, penetró por la puerta del palacio y llegó a un pasillo, y allí dijo en alta voz: "¡Ah del palacio! Soy un extranjero, un caminante que pide provisiones para continuar su viaje".
       Después reiteró su demanda por segunda y tercera vez, y como no le contestasen, afirmósu corazón y fortificó su alma, y siguió por aquel corredor hasta el centro del palacio. Y no encontró a nadie. Pero vió que todo el palacio estaba suntuosamente revestido de tapices y que en el centro de un patio interior había un estanque coronado por cuatro leones de oro rojo, de cuyas fauces brotaba un chorro de agua que semejaba perlas y pedrería. En torno veíanse numerosos pájaros, pero no podían volar fuera del palacio, por impedírselo una gran red tendida por encima de todo. Y el rey se maravilló al ver aquellas cosas, aunque afligiéndose por no encontrar a alguien que le pudiese revelar el enigma del lago, de los peces, de las montañas y del palacio. Después se sentó entre dos puertas, y meditó profundamente. Pero de pronto oyó una queja muy débil que parecía brotar de un corazón dolorido, y oyó una voz dulce que cantaba quedamente estos versos:
      
       ¡Mis sufrimientos ¡ay! no he podido ocultarlos, y mi mal de amores fué revelado...! ¡Y ahora el sueño se aparta de mis ojos para convertirse en insomnio constante!

       ¡Oh amor! ¡Viniste al oír mi voz pero cuánta tortura dejaste mis pensamientos   

       ¡Ten piedad de mí! ¡Déjame gustar del reposo! ¡Y sobre todo, no vayáis a visitar a Aquella que es toda mi alma, para hacerla padecer! ¡Porque Ella es mi consuelo en las penas y peligros!

       Cuando el rey oyó estas quejas amargas se levantó y se dirigió hacia el lugar de donde procedían. Llegó hasta una puerta cubierta por un tapiz. Levantó el tapiz, y en un gran salón vió un joven que estaba reclinado en un gran lecho. Este joven era muy hermoso; su frente parecía una flor, sus mejillas igual que la rosa, y en medio de una de ellas tenía un lunar como una gota de ámbar negro.
        Ya lo dijo el poeta:

       ¡El joven es esbelto y gentil! ¡Sus cabellos de tinieblas son tan negros que forman la noche! ¡Su frente es tan blanca que ilumina la noche! ¡Nunca los ojos de los hombres presenciaron una fiesta como el espectáculo de sus gracias!

       ¡Le conocerás entre todos los jóvenes por el lunar que tiene en la rosa de su mejilla, precisamente debajo de uno de sus ojos!

       Al verle, el rey, muy complacido, le dijo: "¡La paz sea contigo!". Y el joven siguió echado en la cama, vistiendo un traje de seda bordado de oro. Con un acento de tristeza que parecía extenderse por to da su persona, devolvió el saludo del rey y le dijo: "¡Oh señor! ¡Perdona que no me pueda levantar!". Pero el rey contestó: "¡Oh joven! Entérame de la historia de ese lago y de sus peces de colores, así como del misterio de este palacio y de la causa de su soledad y de tus lágrimas".
        Al oírlo, el joven derramó nuevas lágrimas, que corrían a lo largo de sus mejillas, y el rey se asombró y le dijo: "¡Oh joven! ¿qué es lo que te hace llorar?" Y el joven respondió: "¿Cómo no he de llorar, si me veo en este estado?" Y el joven, alargando las manos hacia el borde de su túnica, la levantó. Y entonces el rey vió que toda la mitad inferior del joven era de mármol, y la otra mitad, desde el ombligo hasta el cabello de la cabeza, era de un hombre. Y el joven dijo al rey: "Sabe, ¡oh señor! que la historia de los peces es una cosa tan extraordinaria, que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior del ojo, a fin de que todo el mundo la viera, sería una gran lección para el observador cuidadoso".

Y el joven contó la historia que sigue:



                              HISTORIA DEL JOVEN ENCANTADO Y DE LOS PECES



       Sabe, ¡oh señor! que mi padre era rey de esta ciudad. Se llamaba Mahmud, y era rey de las Islas Negras y de estas cuatro montañas. Mi padre reinó setenta años, y después se extinguió en la misericordia del Retribuidor. Después de su muerte, fui yo sultán y me casé con la hija de mi tía. Me quería con amor tan poderoso, que si por casualidad tenía que separarme de ella, no comía ni bebía hasta mi regreso. Y así siguió bajo mi protección durante cinco años, hasta que fue un día al hammam, después de haber mandado al cocinero que preparase los manjares para nuestra cena. Entré en el palacio y reclinándome en el lugar de costumbre, mandé a dos esclavas que me hicieran aire con los abanicos. Una se puso a mi cabeza y otra a mis pies. Pero pensando en la ausencia de mi esposa, se apoderó de mí el insomnio, y no pude conciliar el sueño, porque ¡si mis ojos se cerraban, mi alma permanecía en vela! Oí entonces a la esclava que estaba detrás de mi cabeza hablar de este modo a la que estaba a mis pies: "¡Oh Masauda! ¡Qué desventurada juventud la de nuestro dueño! ¡Qué tristeza para él tener una esposa como nuestra ama, tan pérfida y tan criminal!". Y la otra respondió: ¡Maldiga Alah a las mujeres adúlteras! Porque esa infame nunca podrá tener un hombre mejor que nuestro dueño, y sin embargo, se pasa las noches en el lecho de unos y otros". Y la primera esclava dijo: "Nuestro dueño debe de ser muy impasible cuando no hace caso de las acciones de esa mujer". Y repuso la otra: "¿Pero qué dices? ¿Puede sospechar siquiera nuestro amo lo que hace ella? ¿Crees que la dejaría en libertad de obrar así? Has de saber que esa pérfida pone siempre algo en la copa en que bebe nuestro amo todas las noches antes de acostarse. Le echa banj ( Bang o Bani. Haschis, mariguana o cualquier droga  como el extracto de beleño) y le hace dormir con eso. En tal estado, no puede saber lo que ocurre, ni a dónde va ella, ni lo qué hace.    Entonces, después de darle a beber el banj, se viste y se va, dejándole solo, y no vuelve hasta el amanecer. Cuando regresa, le quema una cosa debajo de la nariz para que la huela, y así despierta nuestro amo de su sueño".
      En el momento que oí ¡oh señor! lo que decían las esclavas, se cambió en tinieblas la luz de mis ojos. Y deseaba ardientemente que viniera la noche para encontrarme de nuevo con la hija de mi tío. Por fin volvió del hammam. Y entonces se puso la mesa, y estuvimos comiendo durante una hora, dándonos mutuamente de beber, como de costumbre, después pedí el vino que solía beber todas las noches antes de acostarme, y ella me acercó la copa. Pero yo me guardé muy bien de beber, y fingí que la llevaba a los labios, como de costumbre, pero la derramé rápidamente por la abertura de mi túnica, y en la misma hora y en el mismo instante me eché en la cama, haciéndome el dormido. Y ella dijo entonces: "¡Duerme! ¡Y así no te despiertes nunca más! ¡Por Alah, te detesto! Y detesto hasta tu imagen, y mi alma está harta de tu trato". Después se levantó, se puso su mejor vestido, se perfumó, se ciñó una espada, y abriendo la puerta del palacio se marchó. En seguida me levanté yo también, y la fui siguiendo hasta que hubo salido del palacio. Y atravesó todos los zocos, y llegó por fin hasta las puertas de la ciudad, que estaban cerradas. Entonces habló a las puertas en un lenguaje que no entendí, y los cerrojos cayeron y las puertas se abrieron, y ella salió. Y yo eché a andar detrás de ella, sin que lo notase, hasta que llegó a unas colinas formadas por los amontonamientos de escombros, y a una torre coronada por una cúpula y construida de ladrillos. Ella entró por la puerta, y yo me subí a lo alto de la cúpula, donde había una terraza, y desde allí me puse a vigilarla. Y he aquí que ella entró en la habitación de un negro muy negro. Este negro era horrible, tenía el labio superior como la tapadera de una marmita y el inferior como la marmita misma, ambos tan colgantes, que podían escoger los guijarros entre la arena. Estaba podrido de enfermedades y tendido sobre un montón de cañas de azúcar.
       Al verle, la hija de mi tío besó la tierra entre sus manos, y él levantó la cabeza hacia ella, y le dijo: "¡Desdichas sobre ti!" ¿Cómo has tardado tanto? He convidado a los negros, que se han bebido el vino y se han entrelazado ya con sus queridas. Y yo no he querido beber por causa tuya". Ella contestó: "¡Oh dueño mío, querido de mi corazón! ¿no sabes que estoy casada con el hijo de mi tío, que detesto hasta su imagen y que me horroriza estar con él? Si no fuese por el temor de hacerte daño, hace tiempo que habría derruído toda la ciudad, en la que sólo se oiría la voz de la corneja y el mochuelo, y además habría transportado las ruinas al otro lado del Cáucaso".
        Y contestó el negro: "¡Mientes, infame! Juro por el honor y por las cualidades viriles de los negros, y por nuestra infinita superioridad sobre los blancos, que como vuelvas a retrasarte otra vez, a partir de este día, repudiaré tu trato y no pondré mi cuerpo encima del tuyo. ¡Oh pérfida traidora! De seguro que te has retrasado para saciar en otra parte tus deseos de hembra. ¡Qué basura! ¡Eres la más despreciable de las mujeres blancas!" Después la cogió debajo de él. Y llegó entre ellos aquello que llegó.

       Así narraba el príncipe dirigiéndose al rey. Y prosiguió de este modo:
       "Cuando oí toda aquella conversación y vi con mis propios ojos eso que siguió entre ambos, el mundo se convirtió en tinieblas para mí y no supe ni dónde estaba. En seguida la hija de mi tío rompió a llorar y a lamentarse humildemente entre las manos del negro, y le decía: "¡Oh, amante mío, orgullo de mi corazón! ¡No tengo a nadie más que a ti! ¡Si me despidieses me moriría! ¡Oh, amor mío! ¡Luz de mis ojos". Y no cesó en su llanto ni en sus súplicas hasta que la hubo perdonado. Entonces, llena de alegría, se levantó, se quitó todos los vestidos, incluso el calzón, y se quedó completamente desnuda. Y dijo después: "Amo mío, ¿tienes con qué alimentar a tu esclava?". Y contestó el negro: "Levanta la tapadera de la cacerola, allí encontrarás un guisado de huesos de ratones, que ha de satisfacerte. En este jarro que ves ahí hay buza (bebida fermentada de baja calidad muy apreciada por los negros)  y la puedes beber".
        Y ella comió y bebió y fué a lavarse las manos. Después se acostó sobre el montón de cañas, y completamente desnuda se acurrucó contra el negro, cubriéndose con unos harapos infectos.
       Al ver todas estas cosas que hacía la hija de mi tío, no pude contenerme más, y bajando de la cúpula y precipitándome en la habitación, cogí la espada que llevaba la hija de mi tío, resuelto a matar a ambos.
.       Y comencé por herir primeramente al negro, dándole un tajo en el cuello, y creí que había perecido".

       En este momento de su narración, Schehrazada vio aproximarse la mañana, y se calló discretamente. Y cuando lució la mañana, Schahriar entró en la sala de justicia, y el diwán estuvo lleno hasta el fin del día. Después el rey volvió a palacio, y Doniazada dijo a su hermana: "Te ruego que prosigas tu relato". Y ella respondió: "De todo corazón, y como homenaje debido".

Y CUANDO LLEGO LA SEXTA NOCHE


Y CUANDO LLEGO LA SEXTA NOCHE


       Schehrazada dijo:
       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el pescador dijo al efrit: "Si me hubieras conservado, yo te habría conservado, pero no has querido más que mi muerte, y te haré morir prisionero en este jarrón y te arrojaré a ese mar", entonces el efrit clamó y dijo:

       "¡Por Alah sobre ti! ¡oh pescador, no lo hagas! y consérvame generosamente, sin reconvenirme por mi acción, pues si yo fui criminal tú debes ser benéfico, y los proverbios conocidos dicen: "¡Oh tú, que haces bien a quien mal hizo; perdona sin restricciones el crimen del malhechor!"
        Y tú, ¡oh pescador!, no hagas conmigo lo que hizo Umama con Atika". El pescador dijo: "¿Y qué caso fué ese?" Y respondió el efrit: "No es ocasión para contarlo estando encarcelado. Cuando tú me dejes salir, yo te contaré ese caso". Pero el pescador dijo: "¡Oh, eso nunca! Es absolutamente necesario que yo te eche al mar, sin que tengas medio de salir. Cuando yo supliqué y te imploraba, tú deseabas mi muerte, sin que hubiera cometido ninguna falta contra ti, ni bajeza alguna, sino únicamente favorecerte, sacándote de ese calabozo. He comprendido, por tu conducta conmigo, que eres de mala raza. Pero has de saber que voy a echarte al mar, y enteraré de lo ocurrido a todos los que intenten sacarte, y así te arrojarán de nuevo, y entonces permanecerás en ese mar hasta el fin de los tiempos para disfrutar todos los suplicios". El efrit le contestó: "Suéltame, que ha llegado el momento de contarte la historia. Además, te prometo no hacerte jamás ningún daño, y te seré muy útil en un asunto que te enriquecerá para siempre". Entonces el pescador se fijó bien en esta promesa de que si libertaba al efrit, no sólo no le haría jamás daño, sino que le favorecería en un buen negocio. Y cuando se aseguró firmemente de su fe y de su promesa, y le tomó juramento por el nombre de Alah Todopoderoso, el pescador abrió el jarrón. Entonces el humo empezó a subir, hasta que salió completamente, y se convirtió en un efrit, cuyo rostro era espantosamente horrible. El efrit dió un puntapié al jarrón y lo tiró al mar. Cuando el pescador vió que el jarrón iba camino del mar, dió por segura su propia perdición, y orinándose encima, dijo: "Verdaderamente, no es esto una buena señal". Después intentó tranquilizarse y dijo: "¡Oh efrit! Alah Todopoderoso ha dicho: "Hay que cumplir los juramentos, porque se os exigirá cuenta de ellos". Y tú prometiste y juraste que no me harías traición. Y si me la hicieses, Alah te castigará, porque es celoso, es paciente y no olvida. Y yo te digo lo que el médico Ruyán al rey Yunán: "Consérvame, y Alah te conservará".
        Al oír estas palabras, el efrit rompió a reír y echando a andar delante de él, dijo: "¡Oh pescador, sígueme!" Y el pescador echó a andar detrás de él, aunque sin mucha confianza en su salvación. Y así salieron completamente de la ciudad, y se perdieron de vista, y subieron a una montaña, y bajaron a una vasta llanura, en medio de la cual había un lago. Entonces el efrit se detuvo, y mandó al pescador que echara la red y pescase. Y el pescador miró a través del agua, y vió peces blancos y peces rojos, azules y amarillos. Al verlos se maravilló el pescador; después echó su red y cuando la hubo sacado encontró en ella cuatro peces, cada uno de color distinto.
        Y se alegró mucho, y el efrit le dijo: "Ve con esos peces al palacio del sultán, ofrécelos y te dará con qué enriquecerte. Y, mientras tanto, ¡por Alah!, discúlpame mis rudezas, pues olvidé los buenos modales con mi larga estancia en el fondo del mar, donde me he pasado mil ochocientos años sin ver el mundo ni la superficie de la tierra. En cuanto a ti, vendrás todos los días a pescar a este sitio, pero nada más que una vez. Y ahora, que Alah te guarde con su protección". Y el efrit golpeó con sus dos pies en tierra, y la tierra se abrió y le tragó.
       Entonces el pescador volvió a la ciudad, muy maravillado de lo que le había ocurrido con el efrit. Después cogió los peces y los llevó a su casa, y en seguida, cogiendo una olla de barro, la llenó de agua y colo có en ella los peces, que comenzaron a nadar en el agua contenida en la olla. Después se puso esta olla en la cabeza y se encaminó al palacio del rey, según el efrit le había encargado. Cuando el pescador se presentó al rey y le ofreció los peces, el rey se asombró hasta el límite del asombro al ver aquellos peces que le ofrecía el pescador, porque nunca los había visto en su vida, ni de aquella especie ni de aquella calidad, y dispuso: "Que entreguen esos peces a nuestra cocinera negra". Porque esta esclava se la había regalado, hacía tres días solamente, el rey de los Rum, y aun no había tenido ocasión de lucirse en su arte de la cocina. Así es que el visir le mandó que friera los peces, y le dijo: "¡Oh buena negra! Me encarga el rey que te diga: "Si te guardo como un tesoro, ¡oh gota de mis ojos! es porque te reservo para el día del ataque.”  (Para las grandes ocasiones)
       “De modo que demuéstranos hoy tu arte de cocinera y lo bueno de tus platos". Dicho esto, volvió el visir después de hacer sus encargos, y el rey ordenó que diera al pescador cuatrocientos dinares. Habiéndoselos dado el visir, los guardó el pescador en una halda de su túnica, y volvió a su casa, cerca de su esposa, lleno de alegría y de expansión. Después compró a sus hijos todo lo que podían necesitar. Y hasta aquí es lo que le ocurrió al pescador.
       En cuanto a la negra, cogió los peces, los limpió y los puso en la sartén. Después dejó que se frieran bien por un lado y los volvió en seguida del otro. Pero entonces, súbitamente, se abrió la pared de la cocina, y por allí se filtró en la cocina una joven de esbelto talle, mejillas redondas y tersas, párpados pintados con kohl negro, rostro gentil y cuerpo graciosamente inclinado. Llevaba en la cabeza un velo de seda azul, pendientes en las orejas, brazaletes en las muñecas, y en los dedos sortijas con piedras preciosas. Tenía en la mano una varita de bambú.
.       Se acercó, y metiendo la varita en la sartén, dijo: "¡Oh peces! ¿seguís sosteniendo vuestra promesa?" Al ver aquello la esclava se desmayó y la joven repitió su pregunta por segunda y tercera vez. Entonces todos los peces levantaron la cabeza desde el fondo de la sartén, y dijeron: "¡Oh, sí... ! ¡Oh, sí... !" Y entonaron a coro la siguiente estrofa:

       ¡Si tú vuelves sobre tus pasos, nosotros te imitaremos! ¡Si tú cumples tu promesa, nosotros cumpliremos la nuestra! ¡Pero si quisieras escaparte, no hemos de cejar hasta que te declares vencida!

Al oír estas palabras, la joven derribó la sartén, y salió por el mismo sitio por donde había entrado, y el muro de la cocina se cerró de nuevo.
       Cuando la esclava volvió de su desmayo, vió que se habían quemado los cuatro peces, y estaban negros como el carbón. Y comenzó a decir: "¡Pobres pescados! ¡Pobres pescados!" Y mientras seguía la mentándose, he aquí que se presentó el visir, asomándose por detrás de su cabeza, y le dijo: "Llévale los pescados al sultán". Y la esclava se echó a llorar, y le contó al visir la historia de lo que había ocurrido, y el visir se quedó muy maravillado, y dijo: "Eso es verdaderamente una historia muy rara". Y mandó buscar al pescador, y en cuanto se presentó el pescador, le dijo: "Es absolutamente indispensable que vuelvas con cuatro peces como los que trajiste la primera vez". Y el pescador se dirigió al estanque, echó su red y la sacó conteniendo cuatro peces, que cogió y llevó al visir. Y el visir fué a entregárselos a la negra, y le dijo: "¡Levántate! ¡Vas a freírlos en mi presencia, para que yo vea qué asunto es éste!" Y la negra se levantó, preparó los peces y los puso al fuego en la sartén. Y apenas habían pasado unos minutos, hete aquí que se hendió la pared, y apareció la joven vestida siempre con las mismas vestiduras, y llevando siempre la varita en la mano. Metió la varita en la sartén, y dijo: "¡Oh peces! ¡oh peces! ¿seguís cumpliendo vuestra antigua promesa?". Y los peces levantaron la cabeza, y cantaron a coro esta estrofa:
      
¡Si tú vuelves sobre tus pasos, nosotros te imitaremos! ¡Si tú cumples tu juramento, nosotros cumpliremos el nuestro! Pero si tú reniegas de tus compromisos, gritaremos de tal modo que nos resarciremos!

       En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

la aurora sorprendió a Schehrazada


 La quinta noche...

En aquel momento la aurora sorprendió a Schehrazada, que interrumpió su narración.
      Entonces Doniazada le dijo: "¡Ah, hermana mía! ¡Cuán dulces, cuán puras, cuán deliciosas son tus palabras!" Y Schehrazada dijo: "¿Qué es eso comparado con lo que os contaré la noche próxima,
 si vivo todavía y el rey tiene a bien conservarme?"
        Entonces el rey dijo para sí: "¡Por Alah! No la mataré sin haber oído la continuación de su historia, que es verdaderamente maravillosa". Luego pasaron ambos la noche enlazados hasta por la mañana. Y el rey fué al diwán y juzgó, otorgó, destituyó y despachó los asuntos pendientes hasta acabarse el día. Después se levantó el diwán y el rey entró en su palacio. Y cuando se aproximó la noche hizo su cosa acostumbrada con Schehrazada, la hija del visir.

       Ella dijo:
   
       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el rey Yunán dijo a su visir: "Visir, has dejado entrar en ti la envidia contra el médico, y quieres que yo lo mate para que luego me arrepienta, como se arrepintió el rey Sindabad después de haber matado al halcón". El visir preguntó: "¿Y cómo ocurrió eso?"

Entonces el rey Yunán contó:

                                              EL HALCON DEL REY SINDABAD


       Dicen que entre los reyes de Fars hubo uno muy aficionado a diversiones, a paseos por los jardines y a toda especie de cacerías. Tenía un halcón adiestrado por él mismo, y no lo dejaba de día ni de noche, pues hasta por la noche lo tenía sujeto al puño. Cuando iba de caza lo llevaba consigo,y le había colgado del cuello un vasito de oro, en el cual le daba de beber. Un día estaba el rey sentado en su palacio, y vió de pronto venir al wekil  (intendente) que estaba encargado de las aves de caza, y le dijo: "¡Oh rey de los siglos! Llegó la época de ir de caza". Entonces el rey hizo sus preparativos y se puso el halcón en el puño. Salieron después y llegaron a un valle, donde armaron las redes de caza. Y de pronto cayó una gacela en las redes. Entonces dijo el rey: Mataré a aquel por cuyo lado pase la gacela".    
       Empezaron a estrechar la red en torno de la gacela, que se aproximó al rey y se enderezó sobre las patas como si quisiera besar la tierra delante del rey. Entonces el rey comenzó a dar palmaditas para hacer huir a la gacela, pero ésta brincó y pasó por encima de su cabeza y se internó tierra adentro.
        El rey se volvió entonces hacia los guardias, y vió que guiñaban los ojos maliciosamente. Al presenciar tal cosa, le dijo al visir: "¿Por qué se hacen esas señas mis soldados?" Y el visir contestó: "Dicen que has jurado matar a aquel por cuya proximidad pasase la gacela". Y el rey exclamó: "¡Por mi vida! ¡Hay que perseguir y alcanzar a esa gacela!" Y se puso a galopar, siguiendo el rastro, y pudo alcanzarla. El halcón le dió con el pico en los ojos de tal manera, que la cegó y la hizo sentir vértigos. Entonces el rey empuñó su maza, golpeando con ella a la gacela hasta hacerla caer desplomada. En seguida descabalgó, degollándola y desollándola, y colgó del arzón de la silla los despojos.
       Hacía bastante calor, y aquel lugar era desierto, árido, y carecía de agua. El rey tenía sed y también el caballo. Y el rey se volvió y vió un árbol del cual brotaba agua como manteca. El rey llevaba la mano cubierta con un guante de piel; cogió el vasito del cuello del halcón, lo llenó de aquella agua, y lo colocó delante del ave, pero ésta dió con la pata al vaso y lo volcó. El rey cogió el vaso por segunda vez, lo llenó, y como seguía creyendo que el halcón tenía sed, se lo puso delante, pero el halcón le dió con la pata por segunda vez, y lo volcó. Y el rey se encolerizó contra el halcón, y cogió por tercera vez el vaso, pero se lo presentó al caballo, y el halcón derribó el vaso con el ala.
        Entonces dijo el rey: "¡Alah te sepulte, oh la más nefasta de las aves de mal agüero! No me has dejado beber, ni has bebido tú, ni has dejado que beba el caballo". Y dió con su espada al halcón y le cortó las alas. Entonces el halcón, irguiendo la cabeza, le dijo por señas: "Mira lo que hay en el árbol". Y el rey levantó los ojos y vió en el árbol una serpiente, y el líquido que corría era su veneno. Entonces el rey se arrepintió de haberle cortado las alas al halcón. Después se levantó, montó a caballo, se fué, llevándose la gacela, y llegó a su palacio.
        Le dió la gacela al cocinero, y le dijo: "Tómala y guísala". Luego se sentó en su trono, sin soltar al halcón. Pero el halcón, tras una especie de estertor, murió. El rey, al ver esto, prorrumpió en gritos de dolor y de amargura por haber matado al halcón que le había salvado de la muerte.
      
        ¡Tal es la historia del rey Sindabad!"

        Cuando el visir hubo oído el relato del rey Yunán, le dijo: "¡Oh gran rey lleno de dignidad! ¿qué daño he hecho yo cuyos funestos efectos hayas tú podido ver? Obro asi por compasión hacia tu persona. Y ya verás cómo digo la verdad. Si me haces caso podrás salvarte, y si no, perecerás como pereció un visir astuto que engañó al hijo de un rey entre los reyes.




                                           HISTORIA DEL PRINCIPE Y LA VAMPIRO



        El rey de que se trata tenía un hijo aficionadísimo a la caza con galgos, y tenía también un visir. El rey mandó al visir que acompañara a su hijo allá donde fuese. Un día entre los días, el hijo salió a cazar con galgos, y con él salió el visir. Y ambos vieron un animal monstruoso. Y el visir dijo al hijo del rey: "¡Anda contra esa fiera! ¡Persíguela!" Y el príncipe se puso a perseguir a la fiera hasta que todos le perdieron de vista. Y de pronto la fiera desapareció del desierto. Y el príncipe permanecía perplejo, sin saber hacia dónde ir, cuando vió en lo más alto del camino una joven esclava que estaba llorando. El príncipe le preguntó: "¿Quién eres?" Y ella respondió: "Soy la hija de un rey de reyes de la India. Iba con la caravana por el desierto, sentí ganas de dormir,y me caí de la cabalgadura sin darme cuenta.Entonces me encontré  sola y abandonada". A estas palabras, sintió lástima el príncipe y emprendió la marcha con la joven, llevándola a la grupa de su mismo caballo. Al pasar frente a un bosquecillo, la esclava le dijo: "¡Oh señor, desearía evacuar una necesidad!" Entonces el príncipe la desmontó junto al bosquecillo, y viendo que tardaba mucho, marchó detrás de ella sin que la esclava pudiera enterarse. La esclava era un vampiro, y estaba diciendo a sus hijos: "¡Hijos míos, os traigo un joven muy robusto!" Y ellos dijeron: "¡Tráenoslo, madre, para que lo devoremos!" Cuando lo oyó el príncipe, ya no pudo dudar de su próxima muerte, y las carnes le temblaban de terror mientras volvía al camino. Cuando salió la vampiro de su cubil, al ver al príncipe temblar como un cobarde, le preguntó: "¿Por qué tienes miedo?" Y él dijo: "Hay un enemigo que me inspira temor". Y prosiguió la vampiro: "Me has dicho que eres un príncipe..." Y respondió él: "Así es la verdad". Y ella le dijo: "Y entonces, ¿por qué no das algún dinero a tu enemigo para satisfacerle?" El príncipe replicó: "No se satisface con dinero. Sólo se contenta con el alma. Por eso tengo miedo, como víctima de una injusticia". Y la vampiro le dijo: "Si té  persiguen como afirmas, pide contra tu enemigo la ayuda de Alah, y El te librará de sus maleficios v de los maleficiode aquellos de quienes tienes miedo".
        Entonces el principe levantó la cabeza al cielo y dijo: "¡Oh tú, que atiendes al oprimido que te implora, hazme triunfar de mi enemigo, y aléjale de mí, pues tienes poder para cuanto deseas!"
       Cuando la vampiro oyó estas palabras, desapareció. Y el príncipe pudo regresar al lado de su padre, y le dió cuenta del mal consejo del visir. Y el rey mandó matar al visir".
      
       En seguida el visir del rey Yunán prosiguió de este modo:
       ¡Y tú, oh rey, si te fías de ese médico, cuenta que te matará con la peor de las muertes!Aunque le hayas colmado de favores, y le hayas hecho tu amigo, está preparando tu muerte. ¿Sabes por qué te curó de tu enfermedad por el exterior de tu cuerpo, mediante una cosa que tuviste en la mano? ¿No crees que es sencillamente para causar tu pérdida con una segunda cosa que te mandará también coger?"
        Entonces el rey Yunán dijo: "Dices la verdad. Hágase según tu opinión, ¡oh visir bien aconsejado! Porque es muy probable que ese médico haya venido ocultamente como un espía para ser mi perdición. Si me ha curado con una cosa que he tenido en la mano, muy bien podría perderme con otra que, por ejemplo, me diera a oler". Y luego el rey Yunán dijo a su visir: "¡Oh visir! ¿qué debemos hacer con él?" Y el visir respondió: "Hay que mandar inmediatamente que le traigan, y cuando se presente aquí degollarlo, y así te librarás de sus maleficios, y quedarás desahogado y tranquilo. Hazle traición antes que él te la haga a ti"
        Y el rey Yunán dijo: "Verdad dices, ¡oh visir!" Después el rey mandó llamar al médico, que se presentó alegre, ignorando lo que había resuelto el Clemente.

 El poeta lo dice en sus versos:
      
       ¡Oh tu, que temes los embates del Destino tranquilízate! ¿ No sabes que todo está en. las manos de Aquel que ha formado la tierra?

       Porque lo que está escrito, escrito está y no se borra nunca!  ¡Y lo que no está escrito no hay por qué temerlo!

       ¡Y tu Señor!  ¿Podré dejar pasar un día sin cantar tus alabanzas? ¿Para quién reservaría sino el don maravilloso de mi estilo rimado y mi lengua de Poeta?

       ¡Cada nuevo don que recibo de tus manos, ¡oh Señor! es más hermoso que el precedente v se anticipa a mis deseos!.

       Por eso, ¿cómo no cantar tu gloria, toda tu gloria, y alabarte en mi alma y en público?

       ¡Pero he de confesar que nunca tendrán mis labios elocuencia bastante, ni mi pecho fuerza suficiente para cantar y para llevar los beneficios de que me has colmado!

       ¡Oh  tu que dudas, confía tus asuntos a las manos de  Alah , el único Sabio! ¡Y así que  lo hagas tu corazón nada tendrá que temer por parte de los hombres!   
      
       ¡Sabes también que nada se puede hacer por tu voluntad, sino por la voluntad  del Sábio de los Sabios!

       ¡No desesperes  pues, nunca y olvida todas las tristezas y todas las zozobras!  ¿No sabes que las zozobras destruyen el corazón más firme y más fuerte?

       ¡Abandónaselo  todo! ¡Nuestros proyectos no son  más que proyectos de esclavos impotentes ante el único Ordenador!. ¡Déjate llevar! ¡Así disfrutarás de una paz duradera!   

       Cuando se presentó el médico Ruyán, el rey le dijo: "¿Sabes por qué te he hecho venir a mi presencia?" Y el médico contestó: "Nadie sabe lo desconocido, más que Alah el Altísimo".
       Y el rey le dijo: "Te he mandado llamar para matarte y arrancarte el alma". Y el médico Ruyán, al oír estas palabras, se sintió asombrado, con el más prodigioso asombro, y dijo: "¡Oh rey! ¿por qué me has de matar? ¿Qué falta he cometido?" Y el rey contestó: "Dicen que eres un espía y que viniste para matarme. Por eso te voy a matar antes de que me mates". Después el rey llamó al porta-alfanje y le dijo: "¡Corta la cabeza a ese traidor y líbranos de sus maleficios!" El médico le dijo: "Consérvame la vida, y Alah te la conservará. No me mates, si no Alah te matará también".
       Después reiteró la súplica, como yo lo hice dirigiéndome a ti ¡oh efrit! sin que me hicieras caso, pues, por el contrario, persististe en desear mi muerte.
       Y en seguida el rey Yunán dijo al médico: "No podré vivir confiado ni estar tranquilo como no te mate. Porque si me has curado con una cosa que tuve en la mano, creo que me matarás con otra cosa que me des a oler o de cualquier modo". Y dijo el médico: "¡Oh rey! ¿es ésta tu recompensa? ¿Así devuelves mal por bien?" Pero el rey insistió: "No hay más remedio que darte la muerte sin demora". Y cuando el médico se convenció de que el rey quería matarle sin remedio, lloró y se afligió al recordar los favores que había hecho a quienes no los merecían. Ya lo dice el poeta:

       ¡La joven y loca Moimuna es verdaderamente bien pobre de espíritu! ¡Pero su padre, en cambio, es un hombre de gran corazón y considerado entre los mejores!

       ¡Miradle, pues! ¡Nunca anda sin su farol en la mano, y así evita el lodo de los caminos, el polvo de las carreteras y los resbalones peligrosos... !
    
       En seguida se adelantó el porta-alfanje, vendó los ojos del médico, y sacando la espada, dijo al rey: "Con tu venia". Pero el médico seguía llorando y suplicando al rey: "Consérvame la vida, y Alah te la conservará. No me mates, o Alah te matará a ti".
        Y recitó estos versos de un poeta:

       ¡Misconsejos no tuvieron ningún éxito, mientras que los consejos de los ignorantes conseguían su propósito! !No recogí más que desprecios!

       ¡Por esto, si logro vivir, me guardaré mucho de aconsejar! ¡Y si muero, mi ejemplo servirá a los demás para que enmudezca su lengua!

       Y dijo después al rey: "¿Es ésta tu recompensa? He aquí que me tratas como hizo un cocodrilo".  Entonces preguntó el rey: "¿Qué historia es esa de un cocodrilo?" Y el médico dijo: "¡Oh señor! No es posible contarla en este estado. ¡Por Alah sobre ti! Consérvame la vida y Alah te la conservará!"
        Y después comenzó a derramar copiosas lágrimas. Entonces algunos de los favoritos del rey se levantaron y dijeron: "¡Oh rey! Concédenos la sangre de este médico, pues nunca le hemos visto obrar en contra tuya; al contrario, le vimos librarte de aquella enfermedad que había resistido a los médicos y a los sabios". El rey les contestó: "Ignoráis la causa de que mate a este médico; si lo dejo con vida, mi perdición es segura, porque si me curó de la enfermedad con una cosa que tuve en la mano, muy bien podría matarme dándome a oler cualquier otra. Tengo mucho miedo de que me asesine para cobrar el precio de mi muerte, pues debe ser un espía que ha venido a matarme. Su muerte es necesaria; sólo así podré perder mis temores". Entonces el médico imploró otra vez: "Consérvame la vida para que Alah te la conserve; y no me mates, para que no te mate Alah".
       Pero ¡oh efrit! cuando el médico se convenció de que el rey lo iba a hacer matar sin remedio, dijo: "¡Oh rey! Si mi muerte es realmente necesaria, déjame ir a casa para despachar mis asuntos, encargar a mis parientes y vecinos que cuiden de enterrarme, y sobre todo para regalar mis libros de medicina. A fe que tengo un libro que es verdaderamente el extracto de los extractos y la rareza de las rarezas, que quiero legarte como un obsequio para que lo conserves cuidadosamente en tu armario".
        Entonces el rey preguntó al médico: "¿Qué libro es ese?" Y contestó el médico: "Contiene cosas inestimables; el menor de los secretos que revela es el siguiente: Cuando me corten la cabeza, abre el libro, cuenta tres hojas y vuélvelas; lee en seguida tres renglones de la página de la izquierda; y entonces la cabeza cortada te hablará y contestará a todas las preguntas que le dirijas".
        Al oír estas palabras el rey se asombró hasta el límite del asombro, y estremeciéndose de alegría y de emoción, dijo: "¡Oh médico! ¿Hasta cortándote la cabeza hablarás?" Y el médico respondió: "Sí, en verdad, ¡oh rey! Es, efectivamente, una cosa prodigiosa". Entonces el rey le permitió que saliera, aunque escoltado por guardianes, y el médico llegó a su casa, y despachó sus asuntos aquel día, y al siguiente día también. Y el rey subió al diwán, y acudieron los emires, los visires, los chambelanes, los nawabs (lugartenientes o representantes del rey) y todos los jefes del reino, y el diwán parecía un jardín lleno de flores.
        Entonces entró el médico en el diwán y se colocó de pie ante el rey, con un libro muy viejo y una cajita de colirio llena de unos polvos. Después se sentó y dijo: "Que me traigan una bandeja". Le llevaron una bandeja, y vertió los polvos, y los extendió por la superficie. Y dijo entonces: "¡Oh rey! coge ese libro, pero no lo abras antes de cortarme la cabeza. Cuando la hayas cortado colócala en la bandeja y manda que la aprieten bien contra los polvos para restañar la sangre. Después abrirás el libro".
       Pero el rey, lleno de impaciencia no le escuchaba ya; cogió el libro y lo abrió, pero encontró las hojas pegadas unas a otras. Entonces metiendo su dedo en la boca, lo mojó con su saliva y logró despegar la primera hoja. Lo mismo tuvo que hacer con la segunda y la tercera hoja, y cada vez se abrían las hojas con más dificultad. De ese modo abrió el rey seis hojas, y trató de leerlas, pero no pudo encontrar ninguna clase de escritura. Y el rey dijo: "¡Oh médico, no hay nada escrito!"
       Y el médico respondió: "Sigue volviendo más hojas del mismo modo". Y el rey siguió volviendo más hojas. Pero apenas habían pasado algunos instantes circuló el veneno por el organismo del rey en el momento y en la hora misma, pues el libro estaba envenenado. Y entonces sufrió el rey horribles convulsiones, y exclamó: "¡El veneno circula!"
       Y después el médico Ruyán comenzó a improvisar versos diciendo:

       ¡Esos jueces! ¡Han juzgado, pero excediéndose en sus derechos y contra toda justicia! ¡Y sin embargo, oh Señor, la justicia existe!

       ¡A su vez fueron juzgados! ¡Si hubieran sido íntegros y buenos, se les habría perdonado! ¡Pero oprimieron y la suerte los ha oprimido y les ha abrumado con las peores tribulaciones!

       ¡Ahora son motivo de burla y de piedad para el transeúnte! ¡Esa es la ley! ¡Esto a cambio de aquello! ¡Y el Destino se ha cumplido con toda lógica!

       Cuando Ruyán el médico acababa su recitado, cayó muerto el rey. Sabe ahora, ¡oh efritl, que si el rey Yunán hubiera conservado al médico Ruyán, Alah a su vez le habría conservado. Pero al negarse, decidió su propia muerte.
       Y si tú, ¡oh efritl, hubieses querido conservarme, Alah te habría conservado.


       En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente. Y su hermana Doniazada le dijo: "¡Qué deliciosas son tus palabras!" Y Schehrazada contestó: "Nada es eso comparado con lo que os contaré la noche próxima, si vivo todavía y el rey tiene a bien conservarme". Y pasaron aquella noche en la dicha completa y en la felicidad hasta por la mañana. Después el rey se dirigió al diwán. Y cuando terminó el diwán, volvió a su palacio y se reunió con los suyos.