miércoles, 31 de agosto de 2016

PERO CUANDO LLEGO LA 47ª NOCHE

PERO CUANDO LLEGO LA 47ª NOCHE



       Ella dijo:
       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la vieja, Madre de todas las Calamidades, dijo: "¡Nada de eso; mi desafío es formal!"
       Entonces la joven vencedora repuso: "¡Oh mi señora, Madre de todas las Calamidades! Si verdaderamente te quedan fuerzas para luchar, he aquí que pronto lo sabrán mis brazos". Y avanzó hacia la vieja, que se ahogaba de cólera, y todos los pelos de su horrible cuerpo se habían puesto de punta, como espinas de erizo. Y dijo la vieja: "¡Por el Mesías! ¡Que no hemos de luchar sino desnudas!"  Y se despojó de todas sus ropas, se desató el pantalón, lo tiró a lo lejos, y se rodeó la cintura con un pañuelo, atándoselo sobre el ombligo. Y así aparecía en toda su horrorosa fealdad, y semejaba una serpiente con manchas blancas y negras. Después se volvió hacia la joven y le dijo: "¿Qué aguardas para desnudarte?"
       Entonces la joven se quitó una tras una sus ropas, y por último su pantalón de seda inmaculada. Y de debajo de él, como moldeados en mármol, aparecieron los muslos en toda su gloria, y sobre ellos un montecillo suave y esplendoroso, como de leche y cristal, redondeado y cultivado, un vientre aromático con sonrosados hoyuelos, que exhalaba una delicadeza de almizcle, como vergel de anémonas, y un pecho con dos granadas gemelas, soberbiamente hinchadas, coronándolas deliciosos pezones.
       Y súbitamente se enlazaron las dos luchadoras.
       ¡Todo eso fué! Scharkán se reía de la fealdad de la vieja, al mismo tiempo que admiraba las perfecciones de la joven, de miembros armoniosos. Y levantó la cabeza al cielo, y pidió fervorosamente a Alah la victoria de la joven sobre la vieja.
       Y he aquí que en el primer asalto la joven luchadora se desprendió en seguida. Agarró a la vieja por el pescuezo, sujetándola con la mano izquierda, hundió la otra mano en la ranura de los muslos, la levantó a pulso y la tiró a sus pies en el suelo. Y la vieja cayó pesadamente de espaldas, retorciéndose. Y el golpe le hizo levantar las piernas al aire, quedando al descubierto, con toda su risible fealdad, los detalles peludos de su piel arrugada. Y soltó dos terribles pedos, uno de los cuales levantó una nube de polvo, y el otro subió a modo de columna de humo hacia el cielo.
      
       ¡Y desde arriba, la luna iluminaba toda esta escena!

       Mientras tanto, Scharkán se reía silenciosamente hasta el límite de la risa, de tal modo, que se cayó de espaldas. Pero se levantó y dijo: "¡Realmente, esta vieja merece el nombre de Madre de todas las Calamidades! Ya veo que es una cristiana, lo mismo que la joven victoriosa, y las otras diez mujeres". Y se aproximó al lugar de la lucha, y vió a la joven luchadora que cubría con un velo de seda muy fina las desnudeces de la vieja, y le ayudaba a ponerse la ropa. Y le decía: "¡Oh mi señora, Madre de todas las Calamidades! Dispénsame. Si he luchado contigo, ha sido porque tú lo pediste. No tengo la culpa de lo ocurrido, pues si caíste de ese modo, fué por haberte escurrido, de entre mis manos. Pero afortunadamente, no te has hecho daño ninguno".
       Y la vieja, llena de confusión, se alejó rápidamente, sin contestar nada, y desapareció en el monasterio. Y sólo quedaron en la pradera las diez jóvenes rodeando a su ama.
       Y Scharkán pensó: "¡Sea cual fuere el Destino, siempre es beneficioso! Estaba escrito que había de dormirme sobre el caballo, para despertarme aquí. Y esto es por mi buena suerte. Porque esa admirable luchadora de musculatura tan perfecta, así como sus diez compañeras no menos deseables, han de
servir de pasto al fuego de mi deseo!"
        Y montó en su caballo seglauíjedrán, y avanzó hacia aquel lugar con el alfanje desenvainado. Y el caballo corría con la rapidez del dardo lanzado por una mano poderosa. Y he aquí que Scharkán llegó a la pradera, y exclamó: "¡Sólo Alah es grande!"
       Y la joven se levantó rápida, corrió hacia la orilla del río, que tenía seis brazas de ancho, y de un salto se puso al otro lado. Y desde allí gritó con voz enérgica, aunque deliciosa: "¿Quién eres para atreverte a perturbar nuestro retiro? ¿Cómo te aventuras a lanzarte sobre nosotras blandiendo la espada, cual un soldado entre los soldados? ¡Di de dónde vienes y adónde vas! Y no quieras engañarme, pues la mentira sería tu perdición. Sabe que estás en un sitio del cual no ha de serte fácil salir en bien. Me bastaría gritar para que acudiesen en seguida cuatro mil guerreros cristianos guiados por sus jefes. Di, pues, lo que deseas. Si es que te has extraviado por el bosque, te indicaremos de nuevo el camino. ¡Habla!"
       Y Scharkán contestó a estas palabras de la bella luchadora: "Soy un musulmán entre los musulmanes. ¡No me he extraviado, pues acerté mi camino! Vengo en busca de botín de carne joven que refresque esta noche a la luz de la luna el fuego de mi deseo! ¡Y he aquí diez jóvenes esclavas que me convienen mucho, y a las cuales satisfaré por completo! Y si quedan contentas, me las llevaré adonde están mis amigos".
       Entonces la joven dijo: "¡Insolente soldado! ¡Sabe que ese pasto de que hablas no está dispuesto para ir a parar a tus manos! ¡Además, no es ese tu propósito pues acabas de mentir!"
       Y Scharkán contestó: "¡Oh mi señora! ¡Cuán feliz será aquel que pueda contentarse, por todo bien, con Alah solamente, sin sentir otro deseo!"
       Ella dijo: "¡Por el Mesías! ¡Debería llamar a los guerreros para que te prendiesen! Pero soy compasiva con los extranjeros, sobre todo cuando son jóvenes y atrayentes como tú. ¿Hablas de pasto para tus deseos? ¡Pues bien! Consiento. Pero con la condición de que bajes del caballo y jures por tu fe que no te servirás de tus armas contra nosotras y consentirás en trabar conmigo singular combate. Si me vences, yo v todas estas jóvenes te perteneceremos, y hasta me podrás llevar contigo en tu caballo; pero si eres vencido, serás mi esclavo. ¡Júralo por tu fe!"
       Y Scharkán pensó: "¿Esta joven ignora mi fuerza, y cuán desfavorable había de serle luchar conmigo?"
       Después dijo: "Te prometo, ¡oh joven! que no tocaré mis armas y que sólo lucharé contigo del modo que tú quieras luchar. ¡Si quedase vencido, tengo bastante dinero para pagar mi rescate; pero si te venciese, tendría con tu posesión un botín digno de rey! ¡Juro, pues, obrar así por los méritos del Profeta! ¡Sean para él la plegaria y la paz de Alah!" Y la joven dijo: "Jura por Aquel que ha introducido las almas en los cuerpos y ha dado sus leyes a los humanos".
       Y Scharkán prestó el juramento. Entonces la joven franqueó el río de otro salto, y volvió a la orilla, junto a aquel joven desconocido. Y sonriéndole le dijo: "He de lamentar que te marches, ¡oh mi señor! pero no debes permanecer aquí, porque se acerca la mañana, van a venir los guerreros y caerías en sus manos. Y ¿cómo podrías resistir a mis guerreros, cuando una sola de mis mujeres te vencería?" Y dicho esto, la joven luchadora quiso alejarse hacia el monasterio, sin trabar ninguna lucha.
       Y Scharkán llegó al límite del asombro; pero intentó detener a la joven, y le dijo: "¡Oh dueña mía! Desdeña, si quieres, el luchar conmigo, pero ¡por favor! no te alejes así. ¡No abandones al extranjero lleno de corazón!" Y ella, sonriendo, contestó: "¿Qué quieres, joven extranjero? ¡Habla, y tu deseo quedará satisfecho!"
        Y Scharkán dijo: "Después de pisar el suelo de tu país, ¡oh mi señora! y de haberme endulzado con las mieles de tu gentileza, ¿cómo alejarme sin haber gustado el manjar de tu hospitalidad? ¡Heme aquí convertido en un esclavo entre tus esclavos!" Y ella contestó, apoyando sus palabras con una sonrisa incomparable: "Verdad dices, ¡oh joven extranjero! El corazón que niega la hospitalidad, es un corazón infame. Haz, pues, el favor de aceptar la mía, y tu lugar estará sobre mi cabeza y sobre mis ojos. Monta de nuevo en tu caballo, y sígueme por la orilla del río. ¡Eres mi huésped desde este momento!"
       Entonces Scharkán, lleno de alegría, montó a caballo, y echó a andar junto a la joven, seguido de todas las demás, hasta llegar a un puente levadizo de madera de álamo, tendido frente a la puerta principal del monasterio, que subía y bajaba por medio de cadenas y garruchas. Entonces se apeó Scharkán. La joven llamó a una de sus doncellas, y en lengua griega le dijo: "Toma ese caballo, llévalo a las cuadras y cuida de que nada le falte".
       Y Scharkán se lo agradeció a la joven: "¡Oh soberana de belleza! he aquí que llegas a ser para mí cosa sagrada, y sagrada doblemente, por tu hermosura y por tu hospitalidad. ¿Quieres volver sobre tus pasos y acompañarme a Bagdad, mi ciudad, en el país de los musulmanes, donde verás cosas maravillosas y admirables guerreros? Entonces sabrás quién soy. ¡Ven, joven cristiana, vamos a Bagdad!"
       Y la hermosa repuso: "¡Por el Mesías! Te creía más sensato, ¡oh joven! ¿Intentas raptarme? Pretendes llevarme a Bagdad, donde caería en manos de ese terrible rey Omar Al-Nemán, que tiene trescientas sesenta concubinas en doce palacios, precisamente según el número de los días y los meses. Y abusaría ferozmente de mi juventud, pues serviría para satisfacer sus deseos durante una noche, y después me abandonaría. ¡Tal es la costumbre entre vosotros los musulmanes! No hables, pues, así, ni esperes convencerme. ¡Aunque fueras Scharkán en persona, el hijo del rey Omar, cuyos ejércitos invaden nuestro territorio, no te haría caso!
        Sabe que en este momento diez mil jinetes de Bagdad, guiados por Scharkán y el visir Dandán, atraviesan nuestras fronteras para reunirse con el ejército del rey Afridonios de Constantinia. Y si quisiera, iría yo sola a su campamento y mataría a Scharkán y al visir Dandán, porque son nuestros enemigos. Pero ahora, ven conmigo, ¡oh joven extranjero!"

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


miércoles, 24 de agosto de 2016

PERO CUANDO LLEGO LA 46ª NOCHE

PERO CUANDO LLEGO LA 46ª  NOCHE

       Ella dijo:
       Y he aquí en qué consistían aquellos presentes del rey Afridonios, señor de Contantinia:
       Había cincuenta muchachas vírgenes, bellas entre las más bellas de las hijas de Grecia. Había cincuenta muchachos, los mejor formados del país de los rumís, y cada uno de aquellos maravillosos jóvenes llevaba un ancho ropón de amplias mangas, todo de seda con dibujos de oro y figuras de colores, y un cinturón de oro con cinceladuras de plata, al cual iba unida una doble falda de brocado y terciopelo, y en las orejas un arete de oro con una perla redonda y blanca que valía más de mil dinares titulados de oro. Y por su parte, las muchachas llevaban también incalculables magnificencias.
       Así es que el rey Omar los aceptó muy complacido, y ordenó que se tratara a los embajadores con todas las consideraciones debidas. Y mandó reunir a los visires para saber su opinión acerca del socorro pedido por el rey Afridonios de Constantinia. Entonces, de entre los visires se levantó un anciano venerable, respetado por todos y asimismo amado por todos. Era el gran visir, llamado Dandán.
       Y el gran visir, llamado Dandán, dijo:
       "Cierto es, ¡oh sultán glorioso! que ese rey Afridonios, señor de Constantinia la Grande, es un cristiano, infiel a la ley de Alah y de su Profeta (¡sean con él la plegaria y la paz!), y que su pueblo es un pueblo de descreídos. Aquel contra el cual pide socorro, es también un infiel y un descreído. Así es que sus asuntos sólo a ellos les importan, y no pueden interesar ni conmover a los creyentes. Pero de todos modos, te invito a otorgar tu alianza al rey Afridonios y a enviarle un ejército, a cuya cabeza pondrás a tu hijo Sharkán, que precisamente acaba de volver de sus expediciones gloriosas. Y esta idea que te propongo es buena por dos razones: la primera, que el rey de los rumís, al enviarte sus embajadores con los regalos que aceptaste, te pide ayuda y protección; la segunda, que como no tenemos nada que temer de ese reyezuelo de Kaissaria, ayudando al rey Afridonios contra su enemigo obtendrás excelentes resultados y te considerarán como el verdadero vencedor. Y esta proeza será conocida de todos los países, y llegará hasta Occidente. Y entonces los reyes de Occidente solicitarán tu amistad y te enviarán portadores de numerosos regalos de todas clases y de presentes extraordinarios".
       Cuando el sultán Omar Al-Nemán hubo oído las palabras de su gran visir Dandán, expresó un gran contento, las encontró muy dignas de aprobación, y le dió un ropón de honor, diciéndole: "¡Has nacido para ser inspirador y consejero de reyes! Por eso tu presencia es absolutamente necesaria al frente del ejército. En cuanto a mi hijo Scharkán, no mandará más que la retaguardia".
       Y el rey mandó llamar en el acto a su hijo Scharkán, le dió cuenta de todo lo que había dicho a los enviados y había propuesto el gran visir Dandán, y le encargó que hiciera sus preparativos de marcha. Y también le encargó que no olvidara distribuir entre los soldados, con la largueza de siempre, las donaciones acostumbradas. Y que los eligiera uno por uno entre los mejores del ejército, formando un cuerpo de diez mil jinetes endurecidos por la guerra y las fatigas. Y Scharkán se sometió respetuosamente a las palabras de su padre Omar Al-Nemán.
        Después se levantó y fué a elegir diez mil jinetes entre los mejores. Repartió a manos llenas oro y riquezas, y les dijo: "¡Ahora os doy tres días completos de reposo y libertad!" Y los diez mil arrogantes jinetes, sumisos a su voluntad, besaron la tierra entre sus manos y salieron, colmados de larguezas, a equiparse para la marcha.
       Scharkán fué entonces al salón donde estaban las arcas del Tesoro y el depósito de armas y municiones, y eligió las armas más hermosas, las nieladas de oro, con inscripciones de marfil y ébano. Y así escogió cuanto anhelaron su gusto y su preferencia. Marchó después a las caballerizas, donde se veían todos los caballos más bellos de Nedjed y de Arabia, cada uno de los cuales llevaba su genealogía sujeta al cuello en un saquito con labores de seda y oro adornado con una turquesa.
       Allí escogió los caballos de las razas más famosas, y para sí eligió un bayo oscuro, de piel lustrosa, ojos a flor de cara, anchos cascos, cola soberbiamente alta y orejas finas como las de las gacelas. Este caballo se lo había regalado a Omar Al-Nemán el jeique de una poderosa tribu árabe, y era de raza seglauíjedrán.(Una de las más hermosas del Norte y centro de Arabia)
       Y transcurridos los tres días, se reunieron los soldados fuera de la población. Y el rey Omar Al-Nemán salió para despedirse de su hijo Scharkán y del gran visir Dandán. Y se acercó a Scharkán, que besó la tierra entre sus manos, y le hizo donación de siete arcas llenas de monedas, y le encargó que se aconsejase del sabio visir Dandán. Y Scharkán lo escuchó con respeto, y así se lo prometió a su padre. Entonces el rey se volvió hacia el visir Dandán, y le recomendó a su hijo Scharkán y a los soldados de Scharkán. Y el visir besó la tierra entre sus manos, y respondió: "Escucho y obedezco".
        Y Scharkán montó en su caballo seglauíjedrán, y mandó desfilar a los jefes de su ejército y a sus diez mil jinetes. Después besó la mano del rey Omar Al-Nemán, y acompañado del visir Dandán, lanzó su corcel al galope. Y todos partieron entre los redobles de los tambores de guerra, al son de los pífanos y clarines. Por encima de ellos se desplegaban los estandartes y ondeaban al viento las banderas.
Servían de guías los embajadores. Siguieron marchando durante todo el día, y después todo el siguiente, y otros más, y así durante veinte días. Y sólo se detenían de noche para descansar. Y llegaron a un valle cubierto de bosques y lleno de arroyos. Y como era de noche, Scharkán dió orden de acampar e hizo saber que el reposo duraría tres días. Y se apearon los jinetes, armaron las tiendas y se dispersaron por todas partes. Y el visir Dandán mandó colocar su tienda en el centro del valle, y junto a ella las de los enviados del rey Afridonios de Constantinia.
       En cuanto a Scharkán, tan pronto como se dispersaron los soldados, mandó a sus guardias que lo dejaran solo y fueran adonde estaba el visir. Y después soltó las riendas a su corcel, pues quería recorrer el valle y poner en práctica los consejos de su padre el rey Omar, el cual le había encargado que tomase todas las precauciones al acercarse al país de los rumís, fueran amigos o enemigos. Y no dejó de galopar hasta que hubo transcurrido la cuarta parte de la noche. Entonces el sueño le cayó pesadamente sobre los párpados y se vió imposibilitado de galopar. Y como tenía la costumbre de dormir encima del caballo, dejó que el caballo anduviera al paso, y así se durmió.
       El caballo siguió andando hasta media noche, llegó en medio de un bosque, se detuvo, y golpeó violentamente el suelo con el casco. Y Scharkán se despertó en medio de la selva, que estaba iluminada en aquel momento por la claridad de la luna. Se alarmó al encontrarse en aquel lugar desconocido y solitario, pero dijo en alta voz las palabras que vivifican: "¡No hay poder ni fuerza más que en Alah
 el Altísimo!" E inmediatamente se reconfortó su alma. Y ya no temía a las bestias feroces del bosque.
        Y la luna milagrosa plateaba el claro del bosque, tan bello, que parecía arrancado del paraíso. Y Scharkán oyó, cerca de él, una voz deliciosa. Y risas. ¡Pero qué risas! Si las hubieran oído los humanos, habrían enloquecido por el deseo de beberlas en la misma boca y morir.
       En seguida Scharkán saltó del caballo y se internó entre los árboles en busca de la voz. Y anduvo hasta las orillas de un río blanco, de aguas transparentes y cantoras. Y al canto del agua contestaban la voz de los pájaros, el lamento de las gacelas y el concierto hablado de todos los animales. Y juntos formaban un canto armonioso, lleno de esplendor. Y en el suelo se extendía el bordado de flores y plantas, como dice el poeta:

       ¡Sólo es bella la tierra ¡oh locura mía! cuando se tiñe con sus flores! ¡Sólo es bella el agua cuando se enlaza con las flores! ¡Una al lado de las otras!

       ¡Gloria al que creó la tierra, las flores y las aguas, y te puso en la tierra, ¡oh locura mía! cerca de las flores y del agua!

       Y Scharkán vió en la orilla opuesta, iluminada por la Iuna, la fachada de un monasterio blanco con una alta torre que rasgaba los aires. Este monasterio bañaba su planta en las aguas del río. Frente
a él se extendía una pradera en la que estaban sentadas diez esclavas blancas, rodeando a una joven. Y eran como lunas. Iban vestidas con trajes amplios y ligeros. Eran vírgenes, y reunían las maravillas de que habla el poeta:

       ¡He aquí que la pradera reluce! ¡Porque hay en ella blancas jóvenes de carne ingenua, jóvenes ingenuas y blancas de maravilloso resplandor! ¡Y la pradera tiembla y se estremece!

       ¡Hermosas y sobrenaturales jóvenes! Una cintura delgada y flexible. Un andar gallardo y melodioso. Y la pradera tiembla y se estremece.

       ¡Tendida la cabellera, que va desbordándose sobre el cuello como el racimo sobre la cepa! ¡Rubias o morenas, racimos rubios, racimos morenos! ¡Oh graciosas cabelleras!

       ¡Jóvenes atrayentes y seductoras! ¡Qué encanto el de vuestros ojos! La tentación de vuestros ojos, las flechas de vuestros ojos, hablan de mi muerte!

       Y la joven a la que rodeaban las diez esclavas blancas, era la luna llena. Sus cejas se arqueaban espléndidamente; su frente era como la primera claridad de la mañana; sus párpados ostentaban la curva de sus pestañas de terciopelo, y su cabellera se anillaba en las sienes con rizos deliciosos. Era tan admirable como la pinta el poeta en estos versos:

       Altiva me ha mirado, ¡pero qué miradas tan deliciosas! ¡Su cintura es recta y dura! ¡Lanzas rectas y duras, encorvaos contusas ante ella!

       ¡Se adelanta! ¡Hela aquí! ¡Mirad sus mejillas, las flores sonrosadas de sus mejillas! ¡Conozco su dulzura y todo su frescor!

       ¡Mirad el rizo negro de su cabello sobre el candor de su frente! ¡Es el ala de la noche que reposa en la serenidad de la mañana!

       Y era aquella cuya voz había oído Scharkán. Y decía en árabe a las esclavas que estaban con ella: "¡Por el Mesías! Sois unas desvergonzadas; lo que hicisteis es una cosa mala y horrible. Si alguna lo vuelve a hacer, la ataré con el cinturón, y le azotaré las nalgas". Después se echó a reír, y dijo: "¡Vamos a ver cuál de vosotras podrá vencerme en la lucha! ¡Las que quieran luchar que vengan antes de que se ponga la luna y aparezca la mañana!"
       Y una de las jóvenes se levantó y quiso luchar con su ama, pero en seguida fué derribada al suelo; después la segunda, y la tercera, y todas las demás. Y cuando triunfó de todas las esclavas, salió súbitamente del bosque una vieja que, dirigiéndose al grupo, dijo: "¿piensas haber alcanzado un gran triunfo derribando a estas pobres muchachas que no tienen ninguna fuerza? Si verdaderamente sabes luchar, atrévete a luchar conmigo. ¡Soy vieja, pero todavía puedo ser maestra tuya! ¡Ven, pues!"
        Pero la joven contuvo su furor, y dijo sonriendo a la vieja: "¡Oh respetable Madre de todas las Calamidades! ¡Por el Mesías! ¿Quieres realmente luchar conmigo, o sólo ha sido una broma?"
       La vieja respondió: "¡Nada de eso! ¡Mi desafío es formal!"

       En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


miércoles, 17 de agosto de 2016

PERO CUANDO LLEGO LA 45ª NOCHE

PERO CUANDO LLEGO LA 45ª  NOCHE



       Ella dijo:
       A todo esto, Scharkán, el hijo del rey, se enteró del embarazo de la concubina, y experimentó una gran pena, sobre todo al pensar en que el recién llegado pudiera disputarle la sucesión al trono. Y resolvió suprimir al hijo de la concubina, en caso de que fuera varón. Esto en cuanto a Scharkán.
       Por lo que se refiere a la concubina, hay que decir que era una joven griega llamada Safía.(1)
        Había sido enviada como presente al rey Omar por el rey de los griegos de Kaissaria(2) con gran cantidad de regalos magníficos. Entre todas las esclavas del palacio, era ciertamente la más hermosa por su rostro incomparable, la más esbelta de cintura y la más recia de muslos y de hombros. Además, estaba dotada de una inteligencia muy poco común y de cualidades extraordinarias. Durante las noches, que ahora pasaba el rey Omar con ella, sabía decirle palabras muy dulces, que le encantaban los sentidos y le halagaban mucho; palabras penetrantes, muy dulces y muy expresivas. Y no dejó de hacerlo así, hasta que llegó al término de su preñez. Entonces se sentó en la silla de las parturientas, y presa de dolores de parto, empezó a implorar a Alah devotamente. Y Alah la escuchó sin duda alguna y al momento.
       Por su parte, el rey Omar encargó a un eunuco que fuera a anunciarle sin demora el nacimiento de la criatura y su sexo. Y por su parte, Scharkán tampoco dejó de hacer el mismo encargo a otro eunuco.        Apenas parió Safía, cuando las comadronas recogieron a la criatura y la examinaron, y habiendo visto que era una niña, se apresuraron a anunciárselo a todas las concurrentes y a los eunucos, clamando: "¡Es una niña! ¡Su rostro es más brillante que la luna!"
       Y el eunuco del rey corrió presuroso a referírselo a su amo.
       Y el eunuco de Scharkán corrió también a anunciar la noticia. Y Scharkán se alegró en extremo.

Pero apenas habían salido los eunucos, Safía dijo a las comadronas: "¡Aguardad! ¡Noto que mis entrañas contienen otra cosa!" Y empezó a exhalar nuevos lamentos y a sentir nuevos dolores de parto,
y luego, con ayuda de Alah, acabó por parir un segundo hijo.
Y las comadronas se inclinaron rápidamente y examinaron a la criatura; y era un varón que se parecía a la luna llena, con una frente que deslumbraba de blancura y unas mejillas como rosas floridas.



(1) Límpida y pura como el agua. (2)Acaso Cesárea de Capadocia.
       Así se alegraron mucho las esclavas, las doncellas y todas las que estaban allí, y en cuanto parió Safía, todas las mujeres llenaron el palacio con sus gritos de alegría, gritos penetrantes que llegaban hasta la nota más aguda. Y de tal manera, que todas las demás concubinas lo oyeron y lo entendieron. Y todas adelgazaron de envidia y malestar.
       En cuanto al rey Omar Al-Nemán, apenas hubo averiguado la noticia, dió gracias a Alah, y acudió al aposento de Safía, se acercó a ella, le cogió la cabeza con las manos y la besó en la frente. Después se inclinó hacia el recién nacido y lo besó, y en seguida todas las esclavas golpearon las panderetas, y las tañedoras de instrumentos pulsaron las cuerdas armoniosas, y las cantadoras entonaron cantos propios del caso.
       Hecho esto, mandó el rey que se llamase al recién nacido Daul' makán (Luz del lugar) y a la niña Nozhatú-zamán. (Delicias del tiempo)
       Y todos se inclinaron para decir "Escucho y obedezco". En seguido eligió las nodrizas y las sirvientas para los dos niños, así como las esclavas y doncellas. Y por último, mandó repartir entre toda la gente de palacio, vinos, bebidas, perfumes y tantas otras cosas, que la lengua sería incapaz de enumerarlas.
Cuando los habitantes de Bagdad se enteraron del doble nacimiento, adornaron e iluminaron la ciudad e hicieron grandes demostraciones de regocijo.
       Después llegaron los emires, los visires y los grandes del reino, y presentaron sus homenajes y felicitaciones al rey Omar Al-Nemán por el nacimiento de su hijo Daul'makán y de su hija Nozhatú-zamán. Y el rey les dió las gracias, y les regaló trajes de honor, y les colmó de favores y mercedes, y obsequió a todos los circunstantes con gran largueza, tanto a los notables como a la plebe. Y así siguió hasta que transcurrieron cuatro años. Y durante todo aquel tiempo no dejó pasar ni un solo día sin tener noticias de Safía y de los niños. Y no cesó de enviar a Safía gran cantidad de oro y plata, alhajas, orfebrería, vestidos, sedas y otras maravillas. Y tuvo buen cuidado de confiar la educación de los niños y su custodia a los más adictos y avisados de sus servidores. ¡Y esto fue todo!

       En cuanto a Scharkán, como andaba muy lejos guerreando y combatiendo, tomando ciudades, cubriéndose de gloria en las batallas y venciendo a los héroes más valerosos, no había sabido más que el nacimiento de su hermana Nozhatú-zamán. Pero el nacimiento de su hermano Daul'makán, ocurrido después de la salida del eunuco, nadie había pensado en comunicárselo.
       Un día entre los días, estando sentado en su trono el rey Omar Al-Nemán, entraron los chambelanes de palacio, besaron la tierra entre sus manos, y le dijeron: "¡Oh rey! he aquí que llegan enviados del rey Afridonios, soberano de los rumís y de Constantinia la Grande.' Y solicitan ser recibidos por ti en audiencia y presentarte sus homenajes. De modo que si accedes les daremos entrada, y si no, tu negativa acallará sus réplicas". Y el rey concedió el permiso.
       Cuando entraron los enviados, el rey los recibió con bondad, les mandó acercarse, les pidió noticias de su salud, y los interrogó acerca del motivo de su visita. Entonces besaron la tierra entre sus manos y dijeron:
       "¡Oh rey grande y venerable, de alma elevada e infinitamente generosa! sabe que el que hacia ti nos ha enviado es el rey Afridonios, señor del país de Grecia y de Jonia y de todos los ejércitos de las comarcas cristianas, y cuya residencia es el trono de Constantinia (Constantinopla).
       Nos encarga te avisemos que acaba de emprender una guerra terrible contra un tirano feroz, el rey Hardobios, dueño de Kaissaria.
       "La causa de esta guerra es la siguiente: un jefe de tribus árabes había encontrado, en un país recién conquistado, un tesoro de las edades remotas, del tiempo de El-Iskandar el de los Dos Cuernos.(1)
        Este tesoro contenía riquezas incalculables, cuya evaluación nos sería imposible; pues, entre otras maravillas encerraba tres gemas tan gordas como huevos de avestruz, pedrerías sin tacha y sin defecto, y que rivalizan en belleza y en valor con todas las pedrerías de la tierra y del agua. Estas tres gemas preciosas están perforadas por el centro para enhebrarlas en un cordón y servir de collar. Tienen inscripciones misteriosas grabadas en caracteres jónicos, pero se sabe que llevan consigo numerosas virtudes, uno de cuyos menores efectos es preservar, a toda persona que se ponga una de ellas al cuello, de todas las enfermedades, y especialmente de calenturas e irritaciones.



(1)Los árabes llaman así a Alejandro Magno, con motivo de su caballo Bucéfalo
        Los recién nacidos son los más sensibles a estas virtudes.
"Por lo tanto, cuando el jefe árabe se dió cuenta de estos efectos maravillosos y sospechó las demás virtudes misteriosas, pensó que aquella era la mejor ocasión de granjearse la buena voluntad de nuestro rey Afridonios, y se dispuso inmediatamente a enviarle como regalo las tres gemas preciosas, así como una gran parte del tesoro. Mandó, pues, preparar dos naves, una cargada de riquezas, con las tres gemas preciosas destinadas como regalo a nuestro rey, y otra tripulada por hombres que iban como escolta de aquel precioso tesoro, para preservarle de los ataques de ladrones o enemigos. Sin embargo, estaba seguro de que nadie se atrevería a atacarle, ni a él directamente ni a las cosas enviadas por él y destinadas a nuestro poderoso rey Afridonios, pues el camino que habían de seguir los navíos era por el mar, a cuyo extremo se encuentra Constantinia.
       "Por eso, apenas estuvieron dispuestos los dos navíos, zarparon y se dieron a la vela hacia nuestro país. Pero un día que habían fondeado en una rada, no lejos de nuestra tierra, los asaltaron súbitamente unos soldados griegos de nuestro vasallo el rey Hardobios de Kaissaria, y les arrebataron cuanto allí se había acumulado en riquezas, tesoros y cosas maravillosas, y entre éstas las tres gemas preciosas. Y después mataron a todos los hombres y se apoderaron de las naves.
       "Cuando tal acción llegó a conocimiento de nuestro rey, mandó inmediatamente contra el rey Hardobios un cuerpo de ejército que fue aniquilado. En seguida mandó otro, que fue aniquilado también.  Entonces nuestro rey Afridonios se enfureció en extremo, y juró que se pondría personalmente al frente de todos sus ejércitos reunidos y no regresaría hasta haber destruido la ciudad de Kaissaria, asolando todo el reino de Hardobios y arruinando por completo todos los pueblos que de él dependieran.
       "Y ahora, ¡oh sultán lleno de gloria! venimos a reclamar tu auxilio y a solicitar tu eficaz y poderosa alianza. Y al ayudarnos con tus fuerzas y soldados, indudablemente has de acrecentar tu gloria e ilustrarte con nuevas hazañas”.
       "Y he aquí que nuestro rey nos ha cargado con pesados regalos de todas clases, como homenaje a tu generosidad, y te ruega con insistencia que le otorgues el favor de verlos con buenos ojos y aceptarlos con corazón magnánimo".
       Dichas estas palabras, los enviados se callaron y se prosternaron y besaron la tierra entre las manos del rey Omar Al-Nemán.
       Y he aquí en qué consistían aquellos presentes del rey Afridonios, señor de Constantinia ...

En este momento de su narración, Schehrazada vió apuntar la mañana, y se calló discretamente.

miércoles, 10 de agosto de 2016

PERO CUANDO LLEGO LA 44ª NOCHE

PERO CUANDO LLEGO LA 44ª NOCHE



       Ella dijo:
       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el califa Harún Al-Raschid, encantado por la elocuencia de Ghanem, le hizo acercarse a su trono. Y Ghanem se acercó al trono, y el califa le dijo: "Refiéreme toda tu historia, sin ocultarme nada de la verdad". Entonces Ghanem se sentó, y contó al califa toda su historia, desde el principio hasta el fin, pero nada se adelantaría con repetirla. Y el califa quedó completamente convencido de la inocencia de Ghanem y de la pureza de sus intenciones, sobre todo al saber cómo había respetado las palabras bordadas en el calzón de la favorita, y le dijo: "Te ruego que libres a mi conciencia de la injusticia cometida contigo". Y Ghanem le contestó: "¡Estás libre de ella, ¡oh Emir de los Creyentes! pues cuanto pertenece al esclavo es propiedad del señor!"
       Y el califa, complacidísimo, elevó a Ghanem a los más altos cargos del reino; le dió un palacio, y muchas riquezas, y muchos esclavos. Ghanem se apresuró a instalar en su nuevo palacio a su madre,
y a su hermana Fetnah, y a su amiga Kuat Al-Kulub. Y el califa, al saber que Ghanem tenía una hermana maravillosa y virgen todavía, se la pidió a Ghanem.
        Y Ghanem contestó: "Es tu servidora, y yo soy tu esclavo". Entonces el califa le expresó su agradecimiento, y le dió cien mil dinares de oro. Y después llamó al kadí y a los testigos para redactar su contrato con Fetnah. Y el mismo día y a la misma, hora entraron el califa y Ghanem en los aposentos de sus respectivas mujeres. Y Fetnah fué para el califa, y Kuat Al-Kulub para Ghanem Ben-Ayub El-Motim El-Masslub.
       El califa, al despertarse por la mañana, se halló tan satisfecho de la noche que acababa de pasar en brazos de la virgen Fetnah, que mandó llamar a los escribas de mejor letra para que escribiesen lahistoria de Ghanem desde el principio hasta el fin, y la encerró en el armario de los papeles,
a fin de que pudiera servir de lección a las, generaciones futuras, y fuera asombro y delicia de los sabios que se dedicasen a leerla con respeto y admirar la obra de Aquel que creó el día y la noche.

       "Pero no creas, oh rey de los siglos -prosiguió Schehrazada dirigiéndose al rey Schahriar- que esta historia sea más agradable ni más sorprendente que la historia guerrera y heroica de Omar Al-Nemán y sus hijos Scharkán y Daul'makán". Y el rey Schahriar dijo: "Ciertamente, puedes contar esa historia que no conozco".




                                          HISTORIA DEL REY OMAR AL - NEMAN Y DE SUS
                                          DOS HIJOS SCHARKAN Y DAUL'MAKAN



       Schehrazada dijo al rey Schahriar:
       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que hubo en la ciudad de Bagdad, después de reinar muchos califas, y antes de que reinaran otros muchos, un rey que se llamaba Omar Al-Nemán.(1)
       Era formidable en poderío; había vencido a todos los Cosroes posibles y subyugado a todos los Césares imaginables. Tan ardiente era, que el fuego abrasador no le quemaba. Nadie le podía igualar en las luchas, ni en el campo de carreras. Si se enfurecía, despedían llamas centelleantes las ventanillas de su nariz. Había conquistado todas las comarcas y extendido su dominio por todos los pueblos y ciudades. Con ayuda de Alah había sometido a todas las criaturas y había llevado sus ejércitos victoriosos hasta las tierras más apartadas. Estaban bajo su soberanía el Oriente y el Occidente. Y entre otros países, la India, el Sindh, la China, el Yemen, el Hedjaz, la Abisinia, el Sudán, la Siria la Grecia y las provincias de Diarbekr, así como todas las islas del mar y cuantos ríos ilustres hay en la tierra, como Seihún y Djihán. el Nilo y el Eufrates.
       Había enviado correos a los límites más recónditos de la tierra, para ponerla al corriente de la verdad y notificarle su imperio. Y todos los correos habían regresado para anunciarle que el mundo entero le estaba sometido, y que todos los señores reconocían respetuosamente su supremacía. Y a todos había extendido los beneficios de su generosidad, y anegándolos en las olas de su magnánimo esplendor, había hecho reinar entre ellos la dulce concordia y la paz fecundadora, pues era magnánimo y de alma elevada en verdad.
       Así es que desde todas partes afluían hacia su trono los regalos y los presentes, así como todos los tributos de la tierra, a lo largo y a lo ancho del mundo. Porque era justo y amado en extremo.
       Ahora bien; el rey Omar Al-Nemán tenía un hijo llamado Scharkán. Y Scharkán se llamaba así porque se revelaba como un prodigio entre los prodigios de aquel tiempo, y sobrepujaba en valor a los héroes más animosos, derribados por él en los torneos. Manejaba maravillosamente la lanza, la espada y el carcaj. Por eso le quería su padre con amor sin igual, y lo designaba como sucesor suyo en el trono del reino. Y era cosa segura que, apenas llegado a la edad de hombre, aquel asombroso Scharkán, que sólo tenía veinte años, había visto, con ayuda de Alah, inclinarse todas las cabezas ante su gloria. Tal era su heroísmo y su temeridad, y tanto iluminaba con el esplendor de sus hazañas. Porque ya había tomado por asalto muchas plazas fuertes y ya había reducido muchas comarcas. Y al extender su fama por toda la superficie del universo, crecía sin cesar su poderío y su hermosa altivez.
       Pero el rey Omar Al-Nemán no tenía más hijo que Scharkán. Verdad es que tenía, como lo permiten el Libro Noble y la Sunnat, (2) cuatro mujeres legítimas, pero sólo una de ellas había sido fecunda,
y las otras tres habían resultado estériles. Y además de aquellas cuatro mujeres legítimas que habitaban en palacio, tenía el rey Omar trescientas sesenta concubinas, tantas como los días del año copto,



 (1)Para ser más gramatical debería escribirse: "en-Nemán". Usaré el artículo "al" en vez de "en" para no confundir al lector europeo. Véase en una gramática árabe lo que son letras lunares y letras solares. (2) La Sunnat es la recopilación tradicional de los consejos, leyes y decisiones orales del Profeta, y de los pormenores de su vida.
y cada una de aquellas mujeres era de distinta raza. Había dado a cada una un aposento reservado e independiente, y estos aposentos estaban agrupados en doce edificios, tantos como los meses del año, construidos todos en el recinto del palacio. Y cada uno de estos edificios contenía treinta concubinas, cada cual en su habitación, de modo que había trescientos sesenta aposentos reservados. Y el rey Omar, muy equitativo, había dedicado una noche del año a cada una de sus concubinas, de modo que se acostaba una sola noche con cada concubina, a la cual no volvía a ver hasta el año siguiente. Y no dejó de proceder de este modo durante un gran espacio de tiempo y durante toda su vida. Por eso era famoso por su sabiduría admirable y por su probada virilidad.
       Ahora bien; un día, con permiso del Ordenador de todas las cosas, una de las concubinas del rey Omar quedó embarazada, y su preñez fué conocida inmediatamente en todo el palacio. Llegó la noticia hasta el rey, que se alegró hasta el límite de la alegría, y exclamó muy dichoso: "¡Plegue a Alah que toda mi posteridad y toda mi descendencia se compongan sólo de hijos varones!" Después mandó incribir en un registro la fecha de la preñez, y empezó a colmar a su concubina de toda clase de consideraciones y regalos.
       A todo esto, Scharkán, el hijo del rey ...

       En aquel momento de su narración, Schehrazada vio aproximarse la mañana, y discretamente, aplazó su relato para el otro día.

jueves, 14 de julio de 2016

PERO CUANDO LLEGO LA 43ª NOCHE

PERO CUANDO LLEGO LA 43ª  NOCHE



       Ella dijo:
       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que después que Kuat Al.Kulub dijo a la madre y a la hermana de Ghanem: "Salid de vuestra aflicción", se dirigió al jeique, le dió mil dinares de oro, y le dijo: "¡Oh, jeique! Ahora irás con ellas a tu casa y dirás a tu esposa que las lleve al hammam, y les dé hermosos trajes, y las trata con toda consideración, sin escatimar nada para su bienestar".
       Al día siguiente, Kuat Al-Kulub fué a casa del jeique a cerciorarse por sí misma de que todo se había ejecutado según sus instrucciones. Y apenas había entrado, salió a su encuentro la esposa del jeique, y le besó las manos, y le dió las gracias por su generosidad. Después llamó a la madre y a la hermana de Ghanem, que habían ido al hammam y habían salido de él completamente transformadas, con los rostros radiantes de hermosura y nobleza. Y Kuat Al-Kulub estuvo hablando con ellas durante una hora, y después pidió a la mujer del jeique noticias del enfermo. Y la esposa del jeique respondió: "Sigue en el mismo estado". Entonces dijo Kuat Al-Kulub: "Vamos todas a verle y a tratar de animarle".
       Y acompañada de las dos mujeres, que aún no lo habían visto, entró en la sala donde estaba el enfermo. Y todas le miraron con ternura y lástima y se sentaron en torno de él. Pero durante la conversación se pronunció el nombre de Kuat Al-Kulub. Y apenas lo oyó el joven, se le coloreó el rostro y le pareció que recobraba el alma. Levantó la cabeza, con los ojos llenos de vida, y exclamó: "¿Dónde estás, ¡oh Kuat Al-Kulub! ?"
       Y cuando Kuat oyó que la llamaban por su nombre, conoció la voz de Ghanem, e inclinándose hacia él le dijo: "¿Eres tú, querido mío?" Y él contestó: "¡Sí! ¡Soy Ghanem!" Y al oírlo la joven cayó desmayada. Y la madre y, la hermana de Ghanem dieron un grito y cayeron desmayadas también. Al cabo de un rato acabaron por volver en sí, y se arrojaron en brazos de Ghanem. Y sólo se oyeron besos, llantos y exclamaciones de alegría.
       Y Kuat Al-Kulub dijo: "¡Gloria a Alah por haber permitido que nos reunamos todos!" Y les contó cuánto le había pasado, y añadió: "El califa, además de protegerte, te regala mi persona". Estas palabras llevaron al límite de la felicidad a Ghanem que no cesaba de besar las manos de Kuat Al-Kulub, mientras ella le besaba los ojos. Y Kuat les dijo: "Aguardadme". Y marchó a palacio, abrió el cajón donde tenía sus cosas, sacó de él muchos dinares, y se fué al zoco para entregárselos al jeique, encargándole que comprase cuatro trajes completos para cada uno, y veinte pañuelos, y diez cinturones. Y volvió a la casa, y los llevó a todos al hammam. Y les preparó pollos, carne asada y buen vino. Y durante tres días les dió de comer y beber en su presencia. Y notaron que recuperaban la vida y les volvía el alma al cuerpo.
        Los llevó otra vez al hammam, les hizo mudarse de ropa, y los dejó en casa del jeique. Entonces se presentó al califa, se inclinó hasta el suelo, y le enteró del regreso de Ghanem, así como el de su madre y su hermana. Y el califa llamó a Giafar y le dijo: "¡Ve en busca de Ghanem ben-Ayub!" Y Giafar marchó a casa del jeique; pero ya le había precedido Kuat Al-Kulub, que dijo a Ghanem: "¡Oh querido mío! Va a llegar Giafar para llevarte a presencia del califa. Ahora hay que demostrar la elocuencia de tu lenguaje, la firmeza de tu corazón y la pureza de tus palabras". Después le vistió con el mejor de los trajes que habían comprado en el zoco, le dió muchos dinares, y le dijo: "No dejes de tirar puñados de oro al llegar a palacio, cuando pases por entre las filas de los eunucos y servidores".
       Y cuando llegó Giafar montado en su mula, Ghanem se apresuró a salir a su encuentro, le deseó la paz y besó la tierra entre sus manos. Y ya era otra vez el gallardo mozo de otros tiempos, de rostro glorioso y atractivo continente. Entonces Giafar le rogó que lo acompañase, y lo presentó al califa. Y Ghanem vió al Emir de los Creyentes rodeado de sus visires, chambelanes, vicarios y jefes de sus ejércitos. Y Ghanem se detuvo ante el califa, miró un momento al suelo, levantó en seguida la frente, e improvisó estas estrofas:

       ¡Oh rey del tiempo! ¡Una mirada bondadosa se ha dirigido a la tierra, y la ha fecundado! ¡Nosotros somos los hijos de su fecundidad feliz en tu reinado de gloria!

       ¡Los sultanes y los emires se te prosternan, arrastrando las barbas por el polvo, y como homenaje a tu grandeza, te ofrecen sus coronas y pedrería!

       ¡La tierra no es bastante vasta ni el planeta bastante ancho para la formidable masa de tus ejércitos! ¡Oh rey del tiempo! ¡Clava tus tiendas en las tierras planetarias del espacio que gira!
¡Y que las estrellas dóciles y los astros numerosos se sumen a tu triunfo y acompañen a tu séquito!

       ¡Que el día de tu justicia ilumine al mundo! ¡Que acabe con las fechorías de los malhechores y recompense las acciones puras de tus fieles!

       El califa quedó encantado con la elocuencia y hermosura de los versos, su buen ritmo y la pureza de su lenguaje.

       En este momento de su narración, Schehrazada vió que aparecía la mañana, y discreta como siempre, interrumpió su relato.

martes, 12 de julio de 2016

PERO CUANDO LLEGO LA 42ª NOCHE

PERO CUANDO LLEGO LA 42ª NOCHE



       Schehrazada dijo:
       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el califa se encolerizó tanto contra Kuat Al-Kulub y la mandó encerrar en un cuarto oscuro bajo la vigilancia de una vieja, la favorita permaneció allí ochenta días, sin comunicarse con nadie.
       Y el califa la había olvidado por completo, cuando un día entre los días, al pasar cerca de donde estaba Kuat Al-Kulub, le oyó cantar tristemente algunos versos.
       Y oyó también que decía lo siguiente:

        "¡Que alma tan hermosa la tuya, ¡oh Ghanem ben-Ayub! y qué corazón tan generoso! Fuiste
noble para aquel que te oprimió. Respetaste la mujer de aquel que había de arrebatar las mujeres de tu casa. Salvaste del oprobio a la mujer de aquel que derramó la vergüenza sobre los tuyos y sobre ti. Pero ya llegará el día en que tú y el califa os véais ante el Unico juez, el Unico Justo, y saldrás victorioso de tu opresor, con la ayuda de Alah y con los ángeles por testigos".

       Al oír el califa estas palabras, comprendió lo que significaban estas quejas, sobre todo cuando nadie podía oírlas. Y se convenció de cuán injusto había sido con ella y con Ghanem.
       Se apresuró, pues, a volver a palacio, y encargó al jefe de los eunucos que fuese a buscar a Kuat Al-Kulub. Y Kuat Al-Kulub se presentó entre sus manos, y permaneció con la cabeza inclinada, arrasados los ojos en lágrimas y el corazón muy triste.
       Y el califa dijo: "¡Oh Kuat Al-Kulub! He oído que te dolías de mi injusticia. Has afirmado que obré mal con quien obró bien conmigo. ¿Quién ha respetado a mis mujeres mientras que yo perseguía a las suyas? ¿Quién ha protegido a mis mujeres mientras que yo deshonraba a las suyas?"
       Y Kuat Al-Kulub contestó: "Es Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub. Te juro, ¡oh señor! por tus mercedes y tus beneficios, que nunca intentó forzarme Ghanem, ni cometió conmigo nada que merezca censura. No hallarás en él ni el impudor ni la brutalidad".
        Y convencido el califa, disipadas todas sus sospechas, dijo: "¡Qué desventura la de este error, oh Kuat Al-Kulub! ¡Verdaderamente, no hay sabiduría ni poder más que en Alah el Altísimo y el Omnisciente! Pídeme lo que quieras. y satisfaré todos sus deseos".
       Y Kuat Al-Kulub dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! si me lo permites, te pediré a Ghanem ben-Ayub".                     E     El califa, a pesar de todo el amor que aun le inspiraba su favorita, le dijo:
        "Así se hará, si Alah lo quiere. Te lo prometo con toda la generosidad de un corazón que nunca se vuelve atrás de lo que ha ofrecido. Será colmado de honores". Y Kuat Al-Kulub prosiguió: "¡Oh Emir de los Creyentes! te pido que cuando vuelva Ghanem le hagas don de mi persona, para ser su esposa".
        Y el califa dijo: "Cuando vuelva Ghanem, te concederé lo que pides, y serás su esposa y propiedad suya"
        Y contestó Kuat Al-Kulub: "¡Oh Emir de los Creyentes! nadie sabe lo que ha sido de Ghanem, pues el mismo sultán de Damasco te ha dicho que ignoraba su paradero. Concédeme que lo pueda buscar yo, con la esperanza de que Alah me permitirá encontrarle". Y el califa dijo: "Te autorizo para que hagas lo que te parezca".
       Y Kuat Al-Kulub, con el pecho dilatado de alegría y regocijado el corazón, se apresuró a salir de palacio, habiéndose provisto de mil dinares de oro.
       Y recorrió aquel primer día toda la ciudad, visitando a los jeiques de los barrios y a los jefes de las calles. Pero les interrogó sin conseguir ningún resultado.
       El segundo día fué al zoco de los mercaderes, y recorrió las tiendas, y fué a ver al jeique, a quien entregó una gran cantidad de dinares para que los repartiese entre los forasteros pobres.
       El tercer día se proveyó de otros mil dinares, y visitó el zoco de los orífices y de los joyeros. Y se encontró con el jeique entre los principales jeiques, a quien entregó otra cantidad de oro para que lo repartiese entre los forasteros pobres. Y el jeique le dijo: "¡Oh mi señora! precisamente tengo recogido en mi casa a un joven forastero y enfermo, cuyo nombre ignoro, pero debe ser hijo de algún mercader muy rico y de noble prosapia. Porque aunque está como una sombra, es un joven de hermoso rostro, dotado de todas las cualidades y de todas, las perfecciones. Indudablemente debe estar en tal situación por grandes deudas o por algún amor desgraciado".
        Al oírlo Kuat Al-Kulub sintió que el corazón le palpitaba violentamente y que las entrañas se le estremecían. Y dijo al jeique: "¡Oh jeique! Ya que no puedes abandonar el zoco, haz que alguien me acompañe a tu casa". Y el jeique dijo: "Sobre mi cabeza y sobre mis ojos". Y llamó a un niño y le dijo: "¡Oh Felfel! lleva a esta señora a casa", y Felfel echó a andar delante de Kuat Al-Kulub, y la llevó a casa del jeique, donde estaba el forastero enfermo.
       Cuando Kuat Al-Kulub entró en la casa, saludó a la esposa del jeique. Y la esposa del jeique la conoció, pues conocía a todas las damas nobles de Bagdad, a quienes solía visitar. Y se levantó y besó la tierra entre sus manos. Entonces Kuat Al-Kulub, después de los saludos, le dijo: "Buena madre, ¿puedes decirme dónde se encuentra el joven forastero que habéis recogido en vuestra casa?"
       Y la esposa del jeique se echó a llorar y señaló una cama que allí había. Y dijo: "Ahí le tienes. Debe ser un hombre de noble estirpe, según indica su aspecto". Pero Kuat Al-Kulub ya estaba junto al forastero, y le miró con atención. Y vió un mancebo débil y enflaquecido, semejante a una sombra, y no se le figuró ni por un instante que fuese Ghanem, pero de todos modos le inspiró una gran compasión. Y se echó a llorar y dijo: "¡Oh! ¡Qué desgraciados son los forasteros, aunque sean emires en su tierra!" Y entregó mil dinares de oro a la mujer del jeique, encagándole que no escatimase nada para cuidar del enfermo. En seguida, con sus propias manos, le dió los medicamentos, y cuando hubo pasado más de una hora a su cabecera, deseó la paz a la esposa del jeique, montó de nuevo en su mula y regresó a palacio.
       Y todos los días iba a distintos zocos, en continuas investigaciones, hasta que un día la fué a buscar el jeique, y le dijo: "¡Oh mi señora! como me has encargado que te presente todos los extranjeros de paso por Bagdad, vengo a poner en tus manos generosas a dos mujeres, casada la una y soltera la otra. Y ambas son de categoría, pues así lo dan a entender su cara y su continente, pero van muy mal vestidas, y cada una lleva una alforja a cuestas, como los mendigos. Sus ojos están llenos de lágrimas. Y he aquí que te las traigo, porque sólo tú, ¡oh soberana de los beneficios! sabrás consolarlas y fortalecerlas, evitándoles el oprobio de las preguntas impertinentes, pues no deben ser sometidas a tales indiscreciones. Y espero que, gracias al bien que les hagamos, Alah nos reservará un puesto en el Jardín de las Delicias el día de la Recompensa". Kuat AlKulub contestó: "¡Por Alah! que me inspiras un ardiente deseo de verlas. ¿Dónde están?" Entonces el jeique salió a buscarlas, y las puso en presencia de Kuat Al-Kulub.
       Al ver la hermosura de Fetnah y la nobleza que se adornaba en su madre, y ambas cubiertas de harapos, Kuat Al-Kulub se puso a llorar, y dijo: "¡Por Alah! Son mujeres de noble cuna. Veo en su rostro que han nacido entre honores y riqueza". Y el jeique exclamó: "Verdad dices, ¡oh mi señora! La desgracia debe de haber caído sobre su casa. Les habrá perseguido la tiranía, arrebatándoles sus bienes. Ayudémoslas, para merecer las gracias de Alah el Misericordioso".
       Y la madre y la hija prorrumpieron en llanto, y se acordaron de Ghanem ben-Ayub. Y al verlas llorar, Kuat Al-Kulub lloró con ellas. Y entonces la madre de Ghanem dijo: "¡Oh mi señora, llena de generosidad! ¡Plegue a Alah que podamos encontrar a quien buscamos con el corazón dolorido! ¡El que buscamos es el hijo de nuestras entrañas, la llama de nuestro corazón, a nuestro hijo Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub!"
       Al oír este nombre, lanzó un gran grito Kuat Al-Kulub, pues acababa de comprender que tenía delante a la madre y a la hermana de Ghanem. Y cayó sin sentido. Cuando volvió en sí, se echó llorando en sus brazos, y les dijo: "¡Tened esperanza en Alah y en mí, ¡oh mis hermanas! pues este día será el primero de vuestra dicha y el último de vuestra desventuras. ¡Salid de vuestra aflicción!"

       En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.


domingo, 10 de julio de 2016

PERO CUANDO LLEGO LA 41ª NOCHE

PERO CUANDO LLEGO LA 41ª NOCHE



       Ella dijo:
       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el califa acudió todos los días a la tumba de su favorita durante un mes. Y el último día duraron las oraciones y la lectura del Corán desde la aurora hasta la aurora siguiente. Y entonces cada cual pudo regresar a su casa. Y el califa, rendido por la fatiga y el dolor, regresó a palacio, y no quiso ver a nadie, ni siquiera a su visir Giafar, ni a su esposa Zobeida. Y de pronto cayó en un sueño profundo, velándole dos esclavas.
       Una de ellas estaba junto a la cabeza del califa y la otra a sus pies.
       Pasada una hora, cuando el sueño del califa ya no fué tan profundo, oyó a la esclava que estaba junto a su cabeza decir a la que estaba a sus pies: "¡Qué desdicha, amiga Subhia!" Subhia contestó: "¿Pero qué ocurre, ¡oh hermana Nozha!?" Y Nozha dijo: "Nuestro amo debe ignorar todo lo ocurrido, cuando pasa las noches junto a una tumba donde sólo hay un pedazo de madera, un maniquí fabricado por un artífice". Y Subhia dijo: "Pues entonces, ¿qué ha sido de Kuat Al-Kulub? ¿Qué desgracia cayó sobre ella?" Nozha respondió: "Sabe, ¡oh Subhia! que me lo ha contado todo la esclava preferida de nuestra ama Zobeida. Por su encargo le dió banj a Kuat Al-Kulub, que se durmió inmediatamente, y entonces nuestra ama Zobeida la metió en un cajón, y lo entregó a los eunucos Sauab, Kafur y Bakhita para que lo enterrasen en un hoyo".
        Y Subhia; llenos de lágrimas los ojos, exclamó: "¡Oh, Nozha! ¿Y nuestra dulce ama Kuat Al-Kulub habrá muerto de manera tan horrible?" Nozha contestó: "¡Alah preserve de la muerte a su juventud! Pero no ha muerto, pues Zobeida ha dicho a su esclava: "He averiguado que Kuat Al-Kulub ha podido escaparse, y que está en casa de un joven mercader de Damasco, llamado Ghanem ben-Ayub, hace ya cuatro meses.
        Comprenderás ¡oh Subhia! cuán desgraciado es nuestro señor al ignorar que vive su favorita, mientras sigue velando todas las noches junto a una tumba en que no hay ningún cadáver". Y las dos esclavas continuaron hablando durante algún tiempo, y el califa oía sus palabras.
       Y cuando acabaron de hablar ya no le quedaba nada que saber al califa. Y se incorporó súbitamente dando tal grito, que las esclavas huyeron aterradas. Y sentía una ira espantosa al pensar que su favorita llevaba cuatro meses en casa del joven llamado Ghanem ben-Ayub. Y se levantó, y mandó llamar a los emires y notables, así como a su visir Giafar Al-Barmaki, que llegó apresuradamente y besó la tierra entre sus manos.
        Y el califa le dijo: "¡Oh Giafar! averigua dónde vive un joven mercader llamado Ghanem ben-Ayub. Asalta su casa con mis guardias y me traes a mi favorita Kuat Al-Kulub, y también a ese insolente mancebo, para castigarle". Y Giafar contestó: "Escucho y obedezco". Y salió con una compañía de guardias, acompañándole el walí con sus dependientes, y todos juntos no dejaron de hacer pesquisas, hasta descubrir la casa de Ghanem ben-Ayub.
       En aquel momento, Ghanem acababa de regresar del zoco, y estaba sentado junto a Kuat Al-Kulub, teniendo delante un hermoso carnero asado y relleno de manjares. Y lo estaban comiendo con mucho apetito. Pero al oír el ruido que armaban los de fuera, Kuat AlKulub miró por la ventana, y comprendió la desdicha que se cernía sobre ellos, pues la casa estaba cercada por los guardias, el portaalfanje, los mamalik y los jefes de la tropa, y vió a su cabeza al visir Giafar y al walí de la ciudad.
       Y todos daban vueltas alrededor de la casa como lo negro de los ojos da vuelta alrededor de los párpados. Y adivinó que el califa lo había averiguado todo, y que estaría celosísimo de Ghanem, que desde hacía cuatro meses la tenía en su casa. Y al pensar estas cosas, se contrajeron sus hermosas facciones, palideció de terror, y dijo a Ghanem: "¡Oh querido mío! Ante todo piensa en tu salvación. Levántate y escapa". Y Ghanem contestó: "¡Alma mía! ¿Cómo voy a salir si está la casa cercada de enemigos?" Pero ella le vistió con un ropón viejo y roto que le llegaba a las rodillas, cogió una marmita de las de llevar carne, y se la puso en la cabeza. Colocó en la marmita pedazos de pan y unos tazones con las sobras de la comida y dijo:
        "Sal sin ningún temor, pues creerán que eres el criado del fondista, y nadie te hará daño. Y en cuanto a mí, ya me las sabré arreglar, pues conozco el poder que ejerzo sobre el califa". Entonces Ghanem se apresuró a salir, y atravesó las filas de guardias y mamalik, con la marmita en la cabeza. Y no le ocurrió nada majo; porque le protegía el Unico Protector que sabe guardar a los hombres bien intencionados, librándoles de los peligros y de la mala suerte.
       Entonces el visir Giafar echó pie a tierra, entró en la casa y llegó hasta la sala, llena de fardos y de sederías. Mientras tanto, Kuat Al-Kulub había tenido tiempo para hermosearse y vestirse la ropa más rica con todas sus alhajas. Y se había reunido en un cajón los efectos más preciosos, las joyas y pedrerías y todas las cosas de valor. Y apenas penetró Giafar en la habitación, se puso de pie, se inclinó, besó la tierra entre sus manos, y dijo: "¡Oh mi señor! he aquí que la pluma ha escrito lo que había de escribirse por orden de Alah.
       En tus manos me entrego". Y Giafar contestó: "¡Oh mi señora! El califa me ha dado orden de prender únicamente a Ghanem ben-Ayub. Dime dónde está".
       Y ella dijo: "Ghanem ben-Ayub, después de empaquetar sus mejores mercancías, marchó hace algunos días a Damasco, su ciudad natal, para ver a su madre y a su hermana Fetnah. Y no sé más, ni puedo decirte otra cosa. Y este cajón que aquí ves es el mío, y he colocado lo mejor que poseo. Y espero que me lo guardes bien y lo mandes transportar al palacio del Emir de los Creyentes".
       Giafar contestó: "Escucho y obedezco". Y cogió el cajón, y mandó a sus hombres que lo llevasen, y después de haber colmado de honores a Kuat Al-Kulub, le rogó que le acompañase al palacio del Emir de los Creyentes, y todos se alejaron, no sin haber saqueado antes la casa de Ghanem, según había ordenado el califa.
       Cuando Giafar se presentó entre las manos de Harún Al-Raschid, le contó todo lo ocurrido, enterándole de que Ghanem se había marchado a Damasco y que la favorita se hallaba en palacio. Pero el califa estaba convencido de que Ghanem había hecho con Kuat Al-Kulub todo cuanto se puede hacer con una mujer hermosa que pertenece a otro, y ni siquiera quiso ver a Kuat Al-Kulub, y mandó a Massrur que la encerrase en un cuarto oscuro, vigilada por una vieja encargada de estas funciones.
       Y envió jinetes para que buscasen por todo el mundo a Ghanem. También se lo encomendó al sultán de Damasco, su vicario Mohammad ben-Soleimán El-Zeiní, para lo cual cogió el cálamo, el tintero y un pliego de papel, y escribió la carta siguiente:

       "A SU SEÑORÍA EL SULTÁN MOHAMMAD BEN-SOLEIMAN EL-ZEINI, VICARIO DE DAMASCO, DE PARTE DEL EMIR DE LOS CREYENTES HARUN AL-RASCHID, QUINTO CALIFA DE LA GLORIOSA DESCENDENCIA DE LOS BENI-ABBAS.
"EN NOMBRE DE ALAH, EL CLEMENTE SIN LÍMITES Y MISERICORDIOSO.
       "Después de pedir noticias de tu salud, que nos es querida, y de rogar a Alah que te conserve largos días en la dilatación y el florecimiento,
       "Sabe, ¡oh nuestro vicario! que un joven mercader de tu ciudad llamado Ghanem ben-Ayub, ha venido a Bagdad, y ha seducido y forzado a una de mis esclavas, y ha hecho con ella lo que ha hecho. Y ha huido de mi venganza y de mis iras, y se ha refugiado en tu ciudad, donde debe estar en estos momentos con su madre y su hermana.
       "Te apoderarás de él y le mandarás dar quinientos latigazos. Luego le pasearás por todas las calles montado en un camello. Y delante irá un pregonero, gritando: "¡Este es el castigo del esclavo que roba los bienes de su señor!" Y después me lo enviarás, para darle el tormento que se merece y hacer de él lo que haya de hacerse.
       "Y saquearás su casa, destrozándola desde los cimientos, hasta la techumbre, y harás desaparecer el rastro de su existencia.
       "Y te apoderarás de la madre y hermana de Ghanem, y durante tres días las expondrás desnudas a la vista de todos los habitantes, y luego de esto las arrojarás de la ciudad.
       "Pon gran diligencia y celo en ejecutar estas órdenes. "¡ Uassalam! ".

       Un correo fué el portador de esta carta, y viajó con tal celeridad, que llegó a Damasco a los ocho días, en vez de tardar veinte cuando menos.
       Y cuando el sultán Mohammad tuvo en sus manos la carta del califa, se la llevó a los labios y a la frente. Y luego de leerla, ejecutó sin ninguna tardanza las órdenes. Y los pregoneros anunciaron por todas partes: "¡Los que quieran saquear la casa de Ghanem ben-Ayub, vayan a saquearla a su gusto!"
       Inmediatamente el sultán se dirigió en persona a la casa de Ghanem, acompañado de los guardias. Llamó a la puerta, y Fetnah, hermana de Ghanem, salió a abrir. Y preguntó: "¿Quién llama?" Y el sultán respondió: "Yo soy". Entonces Fetnah abrió la puerta, y como nunca había visto al sultán Mohammad, se tapó la cara con una punta del velo y corrió a avisar a su madre.
       Y la madre de Ghanem estaba sentada bajo la cúpula del sepulcro que había mandado construir en recuerdo de su hijo, al cual creía muerto, pues desde hacía un año que no sabía nada de él. Y no hacía más que llorar, y apenas comía ni bebía. Y ordenó a su hija Fetnah que dejase entrar al sultán. Y el sultán entró en la casa, llegó hasta la tumba, y vió a la madre de Ghanem que lloraba. Y lo dijo: "Vengo a buscar a Ghanem, pues lo reclama el califa".
       Y ella respondió: "¡Desdichada de mí! Mi hijo Ghanem, fruto de mis entrañas, nos abandonó hace más de un año, y no sabemos lo que ha sido de él".
       Pero el sultán Mohammad, a pesar de su generosidad, tuvo que ejecutar lo ordenado por el califa. Y mandó que se apoderaran de las alfombras, jarrones, cristalería y demás objetos preciosos, y después echó abajo toda la casa, y arrastraron los escombros fuera de la ciudad. Y aunque le repugnara mucho hacerlo, mandó desnudar a la madre de Ghanem y a su hermana la hermosa Fetnah, y las expuso tres días en la ciudad, prohibiendo que se las cubriera ni con una camisa sin mangas. Y después las expulsó de Damasco. Así fueron tratadas la madre y la hermana de Ghanem, por el odio del califa.
       En cuanto a Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub, al salir de Bagdad con el corazón hecho trizas, fué caminando sin comer y sin beber. Y al terminarse el día estaba muerto de cansancio. Así llegó a una aldea, y entró en la mezquita, cayendo extenuado sobre una esterilla, apoyado contra la pared. Y allí permaneció sin sentido, palpitándole desordenadamente el corazón y sin fuerzas para hacer un movimiento ni pedir nada.
        Los vecinos del pueblo que fueron a orar a la mezquita por la mañana lo vieron tendido y exámine. Y comprendiendo que tendría hambre y sed, le llevaron un tarro de miel y dos panes, y le obligaron a comer y beber. Después le dieron para que vistiera una camisa sin mangas, muy remendada y llena de piojos. Y le preguntaron: "¿Quién eres, ¡oh forastero! y de dónde vienes?" Y Ghanem abrió los ojos, pero no pudo articular palabra, no haciendo más que llorar. Y los otros estuvieron allí algún tiempo, pero acabaron por irse cada cual a sus quehaceres.
       Las privaciones y el dolor hicieron que Ghanem cayera enfermo, y gritó echado sobre la esterilla de la mezquita durante un mes, y se debilitó su cuerpo, y cambió de color, y le devoraban las pulgas. Al verle reducido a tan mísero estado, los fieles de la mezquita se concertaron un día para llevarlo al hospital de Bagdad, qúe era el más próximo. Y fueron a buscar a un camellero, y le hablaron así:   "Colocarás a este joven en tu camello, lo llevarás a Bagdad, y lo dejarás a la puerta del hospital. Y seguramente el cambio de aires y los cuidados del hospital acabarán por curarle del todo. Y vendrás después a que te paguemos lo que se te deba por el viaje y por el camello". Y el camellero dijo: "Escucho y obedezco". Y ayudándole los demás, cogió a Ghanem y la esterilla en que estaba echado y lo colocó sobre el camello, sujetándole bien para que no se cayese.
       Y cuando iban a marchar, lloraba Ghanem sus desdichas, y entonces se aproximaron dos mujeres miserablemente vestidas que estaban entre la muchedumbre. Y al ver al enfermo, exclamaron: "¡Cuánto se parece a nuestro hijo Ghanem! Pero no es posible que sea este joven reducido a su sombra". Y aquellas dos mujeres, que estaban cubiertas de polvo y acababan de llegar al pueblo, se pusieron a llorar pensando en Ghanem, pues eran su madre y su hermana Fetnah, que habían huido de Damasco y seguían ahora su camino hacia Bagdad.
       En cuanto al camellero, no tardó en montar en el burro, y cogiendo al camello del ronzal, se encaminó hacia Bagdad. Y en cuanto llegó, se fué al hospital, bajó a Ghanem del camello, y como era muy temprano y el hospital no estaba abierto todavía, lo dejó en la escalera y se volvió al pueblo.
       Y allí permaneció Ghanem hasta que los vecinos salieron de sus casas. Y al verle echado en la esterilla y reducido al estado de sombra, empezaron a hacer mil suposiciones. Y mientras tanto pasó uno de los jeiques entre los principales jeiques del zoco. Apartó la muchedumbre, se acercó al enfermo, y dijo: "¡Por Alah! Si este joven entra en el hospital, lo veo perdido por falta de cuidados. Lo voy a llevar a mi casa, y Alah me premiará en su Jardín de las Delicias".
        Mandó, pues, a sus esclavos que cogieran al joven y lo llevasen a su casa, y él los acompañó. Y apenas llegaron, le preparó una buena cama, con magníficos colchones y una almohada muy limpia. Y luego llamó a su esposa y le dijo: "He aquí un huésped que nos envía Alah. Lo vas a asistir con mucho cuidado". Y ella respondió: "Le pondré sobre mi cabeza y mis ojos". Y se arremangó, mandó calentar agua en el caldero grande, le lavó los pies, las manos y todo el cuérpo. Le vistió con ropas de su esposo, le llevó un vaso de sorbete y le roció la cara con agua de rosas.
        Entonces Ghanem empezó a respirar mejor y a recuperar las fuerzas poco a poco. Y con las fuerzas le acudió el recuerdo de su pasado y de su amiga Kuat Al-Kulub.
       Esto en cuanto a Ghanem ben-Ayub El-Motim El-Masslub.
       En cuanto a Kuat Al-Kulub, el califa se encolerizó tanto contra ella...

       En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, e interrumpió discretamente su relato.